A Obama, en sus 50 años

Por Fray Augusto
Tranquilo, cumpleañero presidente Obama, que de los 50 años decía Víctor Hugo que son la vejez de la juventud y la juventud de la vejez.

A esa edad que usted celebra hoy con tremenda rumba en Chicago, empezamos a cantar con Horacio Guarany: “Cuando llegues, vejez, no te insolentes, aprende a respetar a los mayores. Piensa que yo alguna vez también fui joven, y que me debes, tal vez,  muchos favores”.

Cuando se borra el primer chorizo en el billar de nuestras vidas, es cuando las arrugas, huellas digitales del tiempo, empiezan a causar estragos.

Los ingleses que en todo están –hasta se inventaron a los gringos- se han preocupado de esa población adulta que al mismo tiempo empieza a dejar de ser adúltera. O sea, llegó el momento de ser fieles… por sustracción de materia. No se retira uno de ciertos pecadillos: ellos tienen la delicadeza de retirarse de uno.

Para los cincuentones, un tal Richard Ingrams, de Londres, empezó a editar la revista  “Odie”. El credo de “Odie” es certero: “La arruga es bella siempre que la edad nos haga lo más excéntricos posible”.

El  filósofo Ingrams se ha especializado en combatir la obsesión de los adultos de pretender parecer siempre jóvenes. Señor Obama, aparte dólares de su quincena y suscríbase.

Claro que le tengo un método infalible y gratuito para frenar el paso de los años: ahorre en espejo que es el que nos envejece.

A esas alturas del partido de su vida, se piensa más en un cirujano que estire arrugas, que en alguna Nikole Kidman para desaburrirse con ella en Blair House, el apartamento de solteros de los presidentes made in Usa.

Presidente: le tengo la pésima noticia de que a los 50, si no se puede con la fidelidad mucho menos con la infidelidad. Otros proclaman que para quedar mal, queda mal en la casa. (Y que no nos oiga doña Michelle, su mujer. Ni su suegra, a quien usted empaca primero que todo, cuando sale con sus hijas).

Claro que todavía está muy lejos de que le pase lo que a mí que ya me ceden el puesto en Transmilenio. Primero tendrá que cumplir sesenta y esperar la solidaridad con la “cuchedad”.

No olvide que a los que están en la cuerda floja de la cincuentena les queda la opción de volverse interesantes.

El hombre que fue a la luna – y no ha vuelto-, tampoco ha educado al bobo sapiens sobre la mejor forma de afrontar esa edad.

Comprométase usted a crear una universidad para cincuentones y verá como se perpetúa en la Casa Blanca.(Coincidencilamente, el primer hombre que puso pie en la luna, su paisano Armstrong, también cumple años hoy 4 agosto).

Claro que tampoco hay que preocuparse de que los años se vayan apoderando de nuestras vidas como aquellos ruidos que se van tomando la casa en el cuento de Cortázar. Al fin y al cabo, a partir de los cincuenta, salvo la juventud, nada está perdido.

Cincuentón Obama, activista del signo Leo: ni un segundo atrás ni para coger impulso para salir para el próximo medio chorizo.

Además, ¿qué mayor satisfacción que saber que se ha llegado a la  época en que se escoge fiesta y no se es perro de toda boda?

Tenga en cuenta que después de los cincuenta, empiezan a invitarnos más a entierros que a primeras comuniones o fiestas de quince. Aunque usted y doña Michelle son la excepción pues crían dos niñas adolescentes.

Dejemos a los muertos enterrar a sus muertos y a los años que  cumplan su trabajo. ¡Para eso les pagan! Metámonos autogoles y digamos que todo tiempo venidero será mejor.

Ricardo Arjona sugiere llenar los años de vida, no la vida de años. Lo mismo le diría a su persona.

Como el día de gastar se gasta, felicitaciones mil (que sean dos mil) ahora que empieza a marcar con el cinco adelante.




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