Bernardo Hoyos, un inglés de Santa Rosa


Por: Óscar Domínguez Giraldo
Bernardo Hoyos, el hombre que le recitaba al oído las noticias a la Reina Isabel, a través de la BBC, era el único londinense nacido en Santa Rosa de Osos. Bernardo no tuvo hoja de vida sino prontuario cultural. Bernardo Hoyos es el único londinense hecho en la fría Santa Rosa de Osos, Antioquia, donde nació “a muy temprana edad” en 1934 (ag. 25). Desde chiquito, fue arrullado por las homilías político-religiosas de monseñor Miguel Angel Builes, godito de amarrar en el dedo gordo, y bebió los primeros teterados culturales en los versos de su coterráneo Porfirio Barba Jacob.


Con sus paisanos el “Transeúnte” Rogelio Echavarría y Darío Jaramillo, el mismo que llegó a subdirector cultural del Banco de la República, ambos de las grandes ligas de la poesía, Hoyos Pérez integra la trinidad bendita de la intelectualidad de su tierra natal.Bernardo – a quien la entonces ministra de Cultura María Consuelo Araújo le reconoció 51 años redistribuyendo el ingreso cultural- no tiene hoja de vida sino prontuario cultural. Cuando desempeñaba a fondo el lacrimógeno oficio de bebé, no berriaba: lloraba en fa mayor. Era su forma tempranera de hacer periodismo cultural.
Desde entonces le llegó su devoción por la música clásica, que se le notaba al salir de casa, al entrar a las iglesias, al comer y al dormir…y en el nombre de Juan Sebastián, el hijo que tuvo con Doña Constanza, su brazo derecho pero también izquierdo. En su vástago exteriorizó su devoción por Bach. Hablando de otras debilidades, amó a Proust, Cervantes y Carrasquilla cuya obra, La Marquesa de Yolombó, solía catar como el mejor vino.
Esos primeros escarceos de este hombre que se levantaba y se acostaba con la cultura fueron la cuota inicial de programas suyos en RTI como Palco de Honor, Libros y Lectores y Esta es su vida; y de sus colaboraciones en la Radio Nacional, Caracol, y en la Emisora de la Tadeo– su actual director- que lo llevaron a ganar el galardón a la Radio Cultural (1983) y otros por TV Cultural (1.987), así como el premio de periodismo Simón Bolívar a la vida y obra (2008). Para valorizarse, los premios andaban en busca del Bernardo Hoyos perdido. (Lo de perdido es porque su discreción evadió las distinciones. Había que dárselas a la brava. Pero fue lo suficientemente elegante para recibirlas con el más sonriente estoicismo).

Temprana deserción

Hoyos, improvisador feliz y memorioso afortunado para enfrentar una ceguera parcial que adquirió por contagio en Yugoslavia –y que, paradójicamente aumentó su devoción por la lectura-, tampoco tuvo árbol genealógico, sino pentagrama en el que hubo un espermatozoide prófugo, pues muy rápido le quedó chiquita Santa Rosa de Osos. Como no cabía en el cuero se salió de él y se dedicó a buscar una ciudad del mundo que reuniera dos condiciones: que le diera la talla a sus aspiraciones culturales y donde le sirviera la ropa de su frío pueblo natal.
En un bus escalera arrancó para Medellín con los bolsillos repletos de ilusiones, tres kilos de asombro, media tonelada de nostalgias, una hermosa voz como pasaporte al mundo, y hartos chorizos y pandequesos, dos de las exquisiteces de la gastronomía santarrosana.
Aquí que no peco, dijo una vez instalado en la Bella Villa de Medellín, donde abrió plaza graduándose de abogado (1958) en la Pontificia Bolivariana, con una tesis que mereció tirón de orejas de honor y publicación en la revista de la Universidad: “El derecho en la España Visigótica y la obra jurídica de San Isidoro de Sevilla”. (Bernardo no lo dijo pero de San Isidoro es ésta frase: el hombre que no ríe es capaz de matar a su mamá).
De tanto oírlo hablar, a monseñor Félix Henao, a la sazón rector magnífico dela UPB, seguramente dateado por el Espíritu Santo, se le prendió el bombillo y lo animó a que trabajara en la emisora de la universidad sin desviarse del camino del derecho. Gracias a una oportuna desobediencia, hace medio siglo el foro perdió un abogado de segunda pero la cultura se enriqueció con su talento y su talante. Se escapó de tener la vida pendiente de un inciso. Mejor tenerla de una corchea o semicorchea.
Pero la eterna primavera de Medellín era poco para Bernardo. Entonces se dedicó a perseguir las cuatro estaciones, por fuera de la creación de Vivaldi. Se metió entre sus zapatos finos, mandados a hacer porque la elegancia ha sido parte de su credo vital, y a bordo de sí mismo, arrancó para Dallas, Texas, Estados Unidos. En la Fullbright Scholar hizo un master en derecho comparado que no le sirvió ni para ponerle la mano al bus.
Pero nada que encontraba la ciudad gemela de Santa Rosa. Metió sus haberes en otra maleta y arrancó para un viaje de “observación personal” a Europa. (Durante varios años estiró las piernas como director de relaciones públicas de Pan American Life Ins. Co para América Latina, en Nueva Orleans, y como director de Relaciones Públicas de Bavaria, en Bogotá. Que no falte una activa primaria como ejecutivo estresado de Atlas y Mc.Cann- Erickson).

Londres, ciudad gemela

El hombre fuerte de Santa Rosa llegó a Europa. París le dio en la torre Eiffel de su gusto exquisito y le permitió aprender a leer en su salsa francesa a su amado Proust. Pero Londres le dio no sólo en la cabeza sino en el corazón. Y le servía la ropa de Santa Rosa. Entonces se quedó en la ciudad pluviométricamente gemela de su terruño paisa. En reciprocidad, Bernardo hablaría francés e inglés con acento montañero y español con acento de la City inglesa.
Ya para entonces había aprendido a amar en francés, a soñar en inglés y refinó su antioqueño sin acento de Santa Rosa. Tanto que fundó algo así como una Asociación Mundial de Conversadores en Idioma Antioqueño en el Exterior, AMCIAE, que se reunía periódicamente en alguna metrópoli europea con un solo propósito: hablar de “qu’ihubo, pues”, “¿no cierto?”, “qué pecao”, “no siás bobo”, “bruta, qué impresión”, “no jodás”, “eavemaría”. La divisa de la cofradía está sacada de las obras completas de Gregorio Gutiérrez González: “Yo no hablo español sino antioqueño”.
Tanto trote en las distintas artes le mereció otro título adicional: el de mejor conversador de la comarca. Encantador de serpientes, de hablar despacio, pausado, clarito, como cuando a través dela BBC, de Londres, se dirigía al oído real de su majestad Isabel II para contarle las noticias en su condición de colaborador permanente del servicio para América Latina.
Para él, todos sus oyentes de la emisora de la Tadeo eran Isabeles de primera. En la 106.9 se le pudo oír presentando espacios como el Concierto Mazda, al frente de Milenio (miércoles, 9 a10 p.m.), o las Discotecas Ajenas (sábados, 3 p.m.). Nada de raro que hablara con Iván Amaya, presidente de Ascoltex, sobre las decenas de versiones de “Triste Domingo”, del húngaro Renzo Seres, o con el expresidente López Michelsen sobre las canciones de Lupita Palomera o de Sonia y Myriam.
Europa lo convirtió en uno de los poquísimos colombianos que sabía cuál es el vino, el carrizo, el perfume, la mirada, el traje, la mujer del prójimo y la música del renacimiento ideales para acompañar una langosta. Gracias al champú primermundista Bernardo se “mundanizó” hasta el punto de que tuvo la clave para preparar el mejor Dry Martini del mundo o adivinarle el ADN a cualquier exótico vino.

Don Bernardo a la academia

Con el tiempo y un palito recordó “La parábola del retorno” de su paisano Barba y regresó a Bogotá, donde se convirtió en Don Bernardo. El Don es el apelativo que patentó la Academia Colombiana de la Lengua para designar a sus nuevos miembros. “Inmortales” los llaman en Francia. Don Bernardo hace tiempos alcanzó la dignidad de los altares de la “docta Academia”, como la denominó un miembro honorario, Don Belisario Betancur, viudo, poeta y marido reincidente, al presentarlo en la sociedad de los académicos vivos.
La noche que se recibió como Académico, partiendo de una evocación de la película “Días de radio”, de Woody Allen, familiares, amigos, colegas, admiradores, colados, hicieron vehemente silencio para escucharlo primero y bebérselo después. El recipiendario siempre tiene la razón y por eso paga la cuenta.
Con razón la embajada de Francia decidió darle en su momento la condecoración “Comendador de la orden de artes y letras” al hombre que tiró línea cultural las 24 horas del día en la Emisora de la Tadeo. Y el ministerio de Cultura hizo lo suyo al condecorarlo con su máxima distinción. ¡God save Monsieur Bernardino Hoyos Hoyos!




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