BÚFALO BUSH


Como habitante de viejos cinemas de barrio, nunca estuve de acuerdo con que Búfalo Bush y sus amigos de la tenaza de la guerra arrojaran un fósforo sobre Iraq. Ahora resulta que el presidente Bush se arrepiente de haber metido las narices donde nadie lo estaba llamando.

“Perdón, me equivoqué”, ha dicho el hombre que regresa, pensionado, a su rancho en Texas. Lástima que lo haya dicho después de 4 mil muertos norteamericanos y varios miles de centenares iraquíes.

Desde la solitaria ONU de mi corazón protesté siempre por el paso que se iba a dar. No cuenten con mi voto a distancia en las elecciones de este año. A menos que el candidato Obama se ponga la mano en el considere y anuncie que traerá de nuevo a casa – y a sus hamburguesas – a los combatientes que pelean una guerra que perdemos todos en cada muerte que se produce.

De niño, iba al cine por amor a las películas del oeste.

Recuerdo bien al muchacho o protagonista de las películas del oeste: andaba con los pies separados de tanto montar a caballo. A los miembros de la aristocracia de gallinero de los cinemas de barrio nos parecía que el Llanero Solitario, el Cisco Kid, H. Cassidy, el mismo Búfalo Bill, una vez en tierra, como por inercia seguían con el caballo entre las piernas.

Andaban con las manos abajo, a medio centímetro del revólver Smith & Wesson, prestos a dispararle a algún wanted, o malo del pueblo, listos a “desfacer entuertos”. Diría que esos pistoleros tenían un tic en su dedo índice que los inducía a disparar a las primeras de cambio.

No todo ha subido. Hay cosas que se han degradado como el viejo vaquero que ahora encarnan el presidente Bush y sus poco alegres compadres de la desvertebrada coalición. Y quienes avalan con su voto y sus impuestos su continuidad en el despacho Oval, que un antecesor suyo convirtió en oral, tabaco cubano en mano.

Al presidente, en plan de nuevo muchacho, lo vemos un día sí y otro también por cortesía de CNN. Cuando aparece en público, las cámaras lo muestran caminando despacio, como quien transita por una calle polvorienta del Far West después de una jornada de días a caballo.

Sonriendo a los tendidos que estalla en aplausos, Bush anda – o se queda quieto- con las piernas separadas y con la mano siempre cerca del gatillo.

Muchos de los que lo aplauden tienen a sus hijos haciendo cursillo para héroes – o torturadores- en Bagdad.

Se pone uno a leer en los labios los argumentos del presidente Bush en favor de la guerra– a los presidentes de Usa hay que leerlos allí- y encuentra la voz petróleo. No en vano han prohibido en Usa películas sobre sus nexos con la familia Ben Laden. ¿El poder para qué, entonces?

Por ninguna parte, como lo anota la novelista Susan Sontag, se ve que el petropresidente siga las enseñanzas de Jesús, el Galileo, a quien dice tener como uno de sus consuetas. Y de quien se ha declarado enviado especial a juzgar por lo que hemos sabido del libro de Bob Woodward, el eterno niño terrible del periodismo.

Nada hay más peligroso que un presidente gringo en problemas de faldas o escaso de petróleo: Bill Clinton bombardeó Iraq para echarle tierra al escándalo con doña Mónica Lewinsky. Y Bush quiere regalarnos otros de sus bushismos o metidas de pata para involucrar a la aldea global en una nueva guerra. Todo por un petróleo que ya en Colombia hemos empezado a encontrar a paso de paquidermo. ¿Será que la CIA, o la DEA o el señor embajador de turno no le han reportado los nuevos yacimientos que podrían frenar la guerra?

Cuando veíamos películas del oeste teníamos amigos grandotes que nos defendían de los braveros de la cuadra. “Seguí fregando y te echo a fulano”, era la retahíla que recitábamos quienes éramos obligados Gandhis de pantalón cortico, en lugar de taparrabos.

Ojalá el papel de grandotes, frente a este muchacho con tic en su mano derecha, muy cerca del gatillo nuclear, lo ejercieran adecuadamente China, Rusia, Alemania, Francia… Y podamos seguir viviendo, sin héroes inútiles.

Es mejor no tener que volver a inventar el fuego, si la película con Búfalo Bush en el papel estelar de muchacho termina en un fatal The End para todos. Porque entonces Dios habría “perdido el tiempo fabricando estrellas…”.
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