Con Gabo en Estocolmo


Por Óscar Domínguez G.
Cuando hace 30 años Gabriel García Márquez recibía el Nobel de Literatura en Estocolmo, muchos descubríamos Europa adonde llegamos arriando first class en un avión lleno de colombianos nostálgicos que fuimos a acompañar al creador de Aracataca por razones del oficio periodístico.

Pisamos primer mundo en París, oh, là-là. Apenas tuvimos tiempo de mirar el Sena desde el aire. En el aeropuerto Charles de Gaulle tuvimos ocasión de que los “franchutes”  nos ignoraran. Les pagamos con idéntica moneda.

En Estocolmo, segunda escala del periplo, sacamos pecho por cuenta del Nobel. Todavía recuerdo – parece que fue mañana-  a Gabito mirando a los tendidos, mientras escuchaba una cerrada ovación,  luego de recibir el premio de riguroso liquiliqui, el traje de luces del Caribe.

La historia se repetiría después con el Nobel de literatura para Mario Vargas Llosa y otros galardonados. El departamento de rostros no ha cambiado: por la entrega del Nobel nos enteramos de que el Rey Gustavo Adolfo no ha sido derrocado. Tampoco se ha divorciado de la Reina Silvia. Dios los guarde y los mantenga juntos como los punticos de la diéresïs.
En ese Macondo europeo que es Estocolmo todo funciona a las mil maravillas. Me pregunto cómo puede ser feliz la gente en un país donde nada se deja al azar. Y donde todo funciona a la perfección.

Claro que el frío primermundista de Estocolmo nos produjo pánico. Menos mal que había hecho cursillo para esquimal con los pluscuamperfectos inviernos bogotanos. También me ayudó haber nacido en Montebello, un pueblito “feo-bello, faldudo y frío” donde las ranas usan ruana, según la metáfora popular.  Sin ese bachillerato climatológico no habríamos sobrevivido muchos primíparos en la Vieja Europa.

En la capital sueca descubrí  que la nieve  es frío en copitos de algodón. Ver caer la nieve es lo más parecido a la felicidad. El asunto se complica a medida que vamos sintiendo que nos quedamos sin orejas. O sin nariz. Hay que mirar bizco para asegurarse de que la nariz está en su sitio. Se respira por inercia.

El clima escandinavo en diciembre es terrible. Con el agravante de que los días duran poco.
No sé qué les incomodó de los visitantes de Macondo, pero los nórdicos nos recibieron con días cortos. O con noches muy largas, no sé.  Casi siempre era de noche. Por esos días teníamos cara de retrato hablado. Es decir, no nos parecíamos a nadie. Menos a nosotros mismos. Los relojes que llevábamos, acostumbrados a dar la hora mitad de día, mitad de noche, quedaron locos.

“Más que del frío, los suecos se quejan de la oscuridad”, nos comentaba Gloria Persson una colombiana bella para siempre, nacida en Carolina del Príncipe, la tierra del cantante Juanes, y  quien hace 40 años vive en Suecia donde enseña español a hijos de padres hispanoparlantes.

Por culpa del clima, me fue agarrando  angustia existencial meteorológica. Con ese hielo y la escasez de luz, sentía como si el mismo día hubiera quedado viudo, huérfano, pobre, feo y ateo  a la vez.

No ver el sol todos los días es demasiado para un habitante de este lado de la vida. En fin, el clima de Estocolmo en diciembre no se lo deseo al peor amigo, ni al mejor enemigo.
En compensación al mal clima, Estocolmo nos permitió otro descubrimiento: el metro. Haga de cuenta un ascensor acostado, como dijo uno. Al principio, le ponía la mano. Luego descubrí que es de la naturaleza humana del metro parar en las estaciones. No podía creer que un metro llegara a la hora exacta, sin un segundo de retraso.

Con la venia del rey Gustavo Adolfo, debo confesar que las mujeres suecas me produjeron cierta decepción. Los del contingente de Macondo fuimos con nuestro sexapil latino encima, por supuesto. Esperábamos  que las suecas se nos echarían encima.  Yo estaba preparado hasta para una violación. Me preguntaba cómo iba a rendir para tantas. Sabía que no podía hacer quedar mal a mi país.

Al final,  regresamos  a casita con nuestra libido alborotada, pero intacta. Vírgenes de suecas. Las paisanas de Olafo, bellas, repetidas e imposibles,  se nos hicieran las suecas. Regresamos a Macondo sin el pecado y sin el género, sexualmente hablando. Algo que nunca nos creyeron en casita.

El primer mundo había quedado descubierto. Ya podíamos contarles a los nietos que habíamos cubierto la entrega de un Nobel y que habíamos conocido la nieve que antes solo veíamos en las películas.

“NOBELISIMAS”

Por esa época, la poetisa sueca Sara Lipman, delgada y blanca
como una aparición, “con sus ojos de loca y su lírica voz de pájaro
primaveral”, según la describió Eligio García Márquez, le decía a su
hermano Gabriel, durante un acto en la Casa del Pueblo, de Estocolmo: “Gracias por existir”.
El que se realizó en la Casa del Pueblo, donde Gabo leyó su cuento “El ahogado más hermoso del mundo” sin equivocarse una sola vez, fue quizá el
último acto público que rodeó la entrega del Nobel al fabulista de
Aracataca.

El ron para esta fiesta lo puso Fidel Castro quien dejó sin
trago a sus embajadores de toda Europa.
El antioqueño  Nacho Martínez, paisano de Porfirio Barba-Jacob, viajó a Estocolmo desde Nueva York a hacer las pertinentes (o impertinentes) relaciones públicas entre los rostros de madera de la Academia Sueca. Nacho, dueño entonces del restaurante El Tríángulo, la ONU de las empanadas en la Gran Manzana, creía firmemente que se convertiría en el segundo Nobel Colombiano con una biografía sobre Monseñor Miguel Builes. Y para ganar, primero se tenia que meter en el bolsillo a los académicos.
La señora Danielle Mitterrand, esposa del presidente francés,
invitada especial de García Márquez, confesó que su sueño de niña
había sido asistir alguna vez a la entrega de un Nobel de Literatura.

El coronel Nolasco Espinel, quien viajó por su cuenta y riesgo, lloraba al conocer  el calificativo de “espía” de la CIA que le había acomodado el entorno del iluminado de Aracataca.

En Bogotá, el presidente Betancur contó una infidencia
en el lanzamiento de la estampailla conmemorativa del Nobel con
dibujo de Juan Antonio Roda, diseño de Dicken Castro y texto de
Guillermo Angulo.

La infidencia es que cuando le habló a García Márquez de la
estampilla éste le confesó que “el sueño de mi vida  es que esta
estampilla sólo lleve cartas de amor”.

Jaime Castro oficiaba como conciencia jurídica del Nobel en su empeño de fundar un periódico que se llamaría “El otro”, nombre tomado de un cuento de Borges.
Juan Gossaín, la cuota de San Bernardo del Viento, y Darío Arizmendi, de Yarumal, caminaban en Estocolmo con el “tumbao” de quienes se sienten del riñón  del Nobel.
Germán Vargas (q.e.p.d.) y Alfonso Fuenmayor estuvieron por el
Grupo La Cueva, de Barranquilla. Álvaro Mutis, quien desde siempre ha tenido  el delicado encargo de leer los originales del Nobel, no podía faltar.

Mercedes BArcha, la Gaba, colocaba una flor amarilla en los trajes de su esposo de bigote a lo Bienvenido Granda. No en vano sus amigos lo llaman “el bigote que escribe”.
Antes de viajar a la capital sueca, el senador liberal del Cauca, Humberto Peláez, se hizo “picar” de la planta llamada pringamosa para enfrentar el frío europeo. Peláez viajó en representación del Congreso.

Varios colombianos de cuyos nombres no debo acordarme (uno es de apellido Dominguez) fueron vistos tratando de enamorar en el lenguaje de los signos a unas suecas que actuaban en el cabaret Le Chat Noir, de Estocolmo. Eran tan hermosas que daban sueño.
Jaime Arias Ramírez, ministro de Educación, se echó
el discurso de su vida. Su frase “Macondo es el mundo”, partió en dos la historia de la prosa oficial.
El finado periodista Iáder Giraldo “chivió” a medio mundo anticipando
apartes del discurso de García Márquez en el que se proclamó ”
colombiano errante y nostálgico” y el cual terminaba haciendo un
llamado  en favor de “una segunda oportunidad” para los pueblos de
América, “esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres
históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda”.

Las cantantes Leonor González Mina, la Negra Grande y Totó la Momposina, se encargaron de alucinar con la música nuestra a los rostros de madera de la Academia Sueca.
Con el maestro Rafael Escalona, el Nobel vivió algunos de los
pocos momentos de soledad que tuvo en Estocolmo adonde llegó con sus
flores amarillas de la buena suerte el 7 de diciembre. Salió el 13 del mismo mes.




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