ESPERANDO A CANTINFLAS


Conferencia en el Centro Cervantes de Hamburgo, 9.6.2011
Cantinflas (* 12.8.1911) por Ricardo Bada
Un gran actor cómico estadounidense, George Burns, que murió centenario en 1996, dijo en cierta ocasión: «El secreto de un buen discurso consiste en tener un buen comienzo y un buen final, y luego tratar de que ambos estén lo más cerca posible». Convengamos en que esta frase de George Burns es un buen comienzo, y convengamos también en que el final de mi charla, la proyección de una película de Cantinflas, también será un buen final. Por lo tanto, la tarea que me queda es hacer que ambos se encuentren lo más cerca posible. Seré, pues, todo lo breve que me lo permita el tema, aunque es tarea difícil porque hay mucha tela cortada, como diría el sastre Cantinflas en Caballero a la medida.

No es para menos porque tengo que hablarles de un mexicano que, cuando murió, el Senado de los Estados Unidos le dedicó un minuto de silencio. De manera que tal vez lo mejor sea empezar por contarles resumidamente la biografía de nuestro personaje.

Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes (tal era su nombre completo) vino al mundo en el barrio Santa María la Redonda, de Ciudad de México, el sábado 12 de agosto de 1911, siendo el sexto hijo de una familia de doce hermanos. Una familia modesta –“humilde”, la llamaba el propio Cantinflas–, la cual, modesta y todo, viviendo más luego en el barrio de Tepito, quiso costearle la carrera de Medicina. Lo sabemos por uno de los poquísimos testimonios autobiográficos suyos, donde cuenta que muy pronto abandonó la Facultad para dedicarse a trabajar como humorista en las carpas, los teatros populares de la capital mexicana. Antes de eso, y según otras fuentes, hubo un intento fallido de entrar a los Estados Unidos, se hizo boxeador para ganarse la vida, y a principios de 1928 se alistó en el ejército como soldado de infantería con estudios de mecanógrafo, pero el 23 de mayo su padre solicitó su baja, demostrando que Mario tenía 16 años y no los adultos 21 que había declarado falsamente a fin de que lo admitieran.

En las carpas, los pequeños y casi improvisados teatros populares de la ciudad que no era la megalópolis en que se ha convertido, Mario Moreno comienza a destacar como humorista, y hay un momento en que se produce su segundo nacimiento, ahora como Cantinflas. Al respecto hay dos etimologías que se disputan el honor de ese apodo. Una de ellas arguye que un espectador le había gritado “¡Cuánto inflas!”, exasperado por uno de los monólogos que al final llegarían a ser su marca registrada. La otra es una variante, y el espectador le habría gritado “¡En la cantina inflas!”, insinuando que el humorista estaba pasado de copas. Por su parte, el propio Cantinflas nos dejó narrado cómo fue que nació su personaje: «Una vez sentí repentinamente “pánico escénico”. Momentáneamente Mario Moreno se quedó paralizado. Y, de pronto, Cantinflas se hizo cargo de la situación. Y comenzó a hablar, desesperadamente balbuceó palabras y más palabras. Palabras y frases sin sentido. Tonterías. ¡Cualquier cosa para defenderse de los ataques y salir de aquella bochornosa situación! Los espectadores se quedaron silenciosos, aturdidos, sin poder entender sus palabras. Luego empezaron a reír. Comenzaron con risas suaves y de repente rieron con ganas. Así, supe que había triunfado. Y en ese momento ¡nació Cantinflas!»

Hay otra versión, recogida por Carlos Monsivais en su ensayo “Instituciones: Cantinflas: Ahí estuvo el detalle”, del libro Escenas de pudor y liviandad. De acuerdo con ella, el concuñado de Cantinflas, Estanislao Shilinsky, un emigrado lituano que formaba pareja con él en aquella carpa, inició el diálogo y vio con preocupación que Mario no le respondía, a pesar de su insistencia: «Esos segundos fueron amargos. Quise hacerlo reaccionar, y de pronto Mario comenzó a hablar y a decir cosas, muchas cosas sin principio ni fin. Parecía que su pensamiento se adelantaba a las palabras. Quise ayudarlo a salir del atolladero. Él, simplemente por su nerviosismo, no sabía lo que decía. De pronto el público comenzó a reír. Las risas sonaron más y más fuertes; después un caluroso aplauso. Azorados los dos, nos miramos interrogativamente. Poco a poco Mario se me fue acercando y de plano preguntó: “¿Qué está pasando?” Le dije:

“Se están riendo de que dices mucho y al mismo tiempo no dices nada. ¡Sigue así!”»

Y así siguió, y en muy poco tiempo conquistó el favor del público. De todo el público, el de las carpas primero, el de los teatros céntricos después, y finalmente el de las salas de cine. Y no sólo las de México, las de todo el mundo de habla española, y aún del Brasil. Sé de lo que hablo: el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva le dedicó un homenaje a Cantinflas en 1985, y yo me alojaba en el mismo hotel que él. Y una mañana, luego del desayuno, esperando los dos en el hall, él a que pasaran a recogerlo, y yo a la persona con quien me había citado, apareció por allá el prodigioso actor brasileño Carlos Vereza, miembro del jurado, se acercó a Cantinflas y le alargó las manos para estrechar las suyas y decirle: «He venido a darle las gracias por todos los buenos momentos que usted nos hizo pasar». ¡Un brasileño!… cuando para entender a Cantinflas, siendo brasileño, hay que ser experto en el alfabeto Braille…oral.

En 1939, Cantinflas funda su propia productora, Posa Films, que muy pronto se liga a Columbia Pictures para garantizar la distribución en toda Hispanoamérica, y aquí cito ahora del ensayo de Monsivais: «Algunos periodistas y –en privado– muchos productores ven en Cantinflas a la punta de lanza del capital norteamericano en el cine [mexicano], pero la acusación no le afecta al interesado, ni persuade a los espectadores nacionalistas». Lo cierto es que en 1993, cuando muere Cantinflas, víctima de un cáncer de pulmón, se armó tremendo pleito entre sus herederos familiares y la Columbia, por los derechos de 34 películas protagonizadas por él. Y al cabo de ocho años, gracias a una sentencia de un tribunal norteamericano, los derechos se los quedó la productora de Hollywood, que sigue sacándoles el máximo beneficio.

Antes de entrar en la consideración de su legado artístico quisiera mencionar que también dejó uno como sindicalista y otro como filántropo. En cuanto a lo primero, hace poco, Juan Villoro dijo que «En México hasta los mitos están sindicalizados» y yo no sé si el periodista mexicano estaba pensando en Cantinflas cuando lo dijo, pero muy bien pudiera ser, porque Cantinflas presidió durante años la Asociación Nacional de Actores, siempre de una manera comprometida, nada simplemente nominal. Además, y sobre todo a partir de su retiro, dedicó tiempo y dinero sin cuento a labores de beneficencia, en especial aquellas que tuvieran que ver con la infancia, por ejemplo los orfelinatos, lo cual le valió una popularidad casi aún mayor de la que disfrutaba como humorista.

No es baladí sacar a colación estos aspectos de su personalidad, porque en ella hay zonas que no se suelen tocar. Así, el historiador estadounidense Jeffrey Michael Pilcher, especialista en temas mexicanos, dice en su libro Cantinflas and the Chaos of Mexican Modernity que «las jerarquías sociales, los patrones del lenguaje, las identidades étnicas, y las formas masculinas de comportamiento, todos cayeron ante su humor caótico para ser reformuladas en nuevas formas revolucionarias». Es curioso que el profesor Pilcher se detenga en esa precisión, “las formas masculinas de comportamiento”, porque son precisamente dos homosexuales militantes, Carlos Monsivais y Salvador Novo, los primeros valedores y exégetas de la obra del humorista surgido de las carpas. Y en efecto, en muchas de sus películas, Cantinflas cuestiona el machismo desde dentro, llegando al extremo de incluir una escena de travestismo en El signo de la muerte, y este es un aspecto del que (al menos fuera de México, y que yo sepa) se habla bastante poco: pero creo que es un elemento muy remarcable, porque no les descubro el mediterráneo si les digo que México lindo y querido se cuenta entre los países más machistas del mundo.

Y completado de este modo el retrato robot de la persona, entremos a hablar de su personaje.

Su primer largometraje como Cantinflas, en el personaje que conquistó el imaginario popular, es de 1940 y se titula ¡Ahí está el detalle!, que veremos al concluir mi charla. El título, además, es otra de las contribuciones de Cantinflas al acervo del idioma, hasta el punto de que el título del ensayo de Monsivais (“Ahí estuvo el detalle”) casi debe considerarse un réquiem. Pero sea como fuere, entre 1940 y 1981, en que está fechada su última película, El barrendero, Cantinflas no deja de producir un promedio aproximado de una película por año, y ese corpus cinematográfico es absolutamente impar dentro de la historia del séptimo arte en nuestro idioma.

La gama de personajes que interpretó es como un abanico que abarca la mayoría de los oficios más humildes y algunos no tan humildes de la actividad humana: boxeador, ruletero, gendarme, torero, mosquetero, adulto analfabeto, zapatero, mozo de hotel, prófugo de la Justicia, aviador, asistente de un científico, portero, pistolero, peluquero, bombero, diputado, fotógrafo, sastre, limpiaventanas, cartero, agente secreto, limpiabotas, ascensorista, extra de cine, cura de barrio, embajador, médico, boticario, abogado, profesor, conserje, burócrata, evangelista y barrendero, además de ayuda de cámara de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en 80 días.

En un precioso texto publicado en su blog Desde Mis Gafas, por Ricardo Silva Romero,

un escritor colombiano de muchos quilates, el final no tiene desperdicio:

«Este es mi álbum de fotos: Cantinflas bailando el bolero de Ravel en El bolero de Raquel, Cantinflas pegándole al hostigante Chabelo en la tristísima El extra, Cantinflas rescatando de un bar mariguanero al hijo de un juez en Conserje en condominio, Cantinflas cantando “La barca de oro” con su maestro en la bellísima El quijote sin mancha, Cantinflas yendo al colegio con los demás niños en la brillante El analfabeto, Cantinflas conduciendo el ascensor en la estupenda Sube y baja, Cantinflas zapateando la musiquita de la hollywoodense La vuelta al mundo en ochenta días, Cantinflas sacándole a un niño de la oreja no sé qué legumbre en El doctorcito, Cantinflas salvando a un niño en El padrecito. Juro otra cosa: que no he consultado Internet ni una sola vez para hacer este artículo. Que todas esas escenas están en mi memoria».

Fin de la cita y no se puede sino admirar la memoria de Ricardo y la implantación inerradicable de Cantinflas en su disco duro.

Tengo también, a título personal, el testimonio de Cinna Lomnitz, sismólogo mexicano de fama internacional, por cierto que alemán de nacimiento, de Colonia, donde vivo, pero él es mexicano, irrevocablemente, y además un sabio al estilo del Renacimiento, que no se limita a la parcela de su especialidad científica sino que se interesa por la literatura, la poesía, el arte y cómo no, el cine. Y cuando le consulté sobre Su Excelencia, película de Cantinflas de 1966, mi buen amigo me deparó la sorpresa de una reflexión larga y sin desperdicio, escribiéndome lo que sigue:

«En esta película (digo yo), Cantinflas trata de imitar al Gran Dictador de Chaplin [de 1940, una] película mediocre, y logra hacer eso: una película mediocre, demagógica, pero no tan mala como era la de Chaplin. El mensaje es políticamente de derecha: reduce el conflicto ideológico mundial a una pelea de cantina. Si todos los países fueran tan insignificantes como lo es México (parece decir), estaríamos en paz. No es el mejor Cantinflas.
En cuanto al “cantinflismo”, considero que Mario Moreno fue un genio del idioma. En sus películas cómicas, transforma el verbo mexicano en un espectáculo de malabarismo. Como un dato curioso, en España y en Sudamérica se piensa hasta hoy que Cantinflas habla y no dice nada. Profundo error. Lo que pasa es que su mensaje está en código.
Entonces, ¿cuál es el mensaje? Como en el mundo real, los mensajes cifrados son los mensajes más importantes. Son actos de guerra. El código es para que el enemigo no entienda. Cantinflas en sus películas cómicas, cuando se ve en aprietos, empieza a dialogar con el espectador por sobre las cabezas de la autoridad (el policía, el burócrata, el papá de la muchacha…) Ese es el enemigo que no entiende nada. Y el espectador en su butaca recibe el mensaje, lo descifra y ¡oh milagro! se pone a reír.
¿Por qué nos reímos con Cantinflas? En esa época que parece tan lejana (o quizá no tan lejana como quisiéramos), reír era un acto de rebeldía, de desafío, de libertad. El régimen vigente era un régimen opresivo, hipócrita, estúpido y despreciable. ¿Y por qué no nos reímos con Cantinflas en el papel de supuesto embajador de México? Porque habla igual a como hablaría el Señor Embajador de verdad. Eso no tiene chiste. El chiste era burlarnos de los embajadores pero eso –en el México de los años cincuenta– era un poco peligroso».

Hasta aquí la larga cita de Cinna Lomnitz, que me parece muy preñada, como diría Unamuno, sobre todo porque le da la vuelta del calcetín (lo que los cultos llaman la inversión copernicana) a la tesis según la cual Cantinflas habla mucho y no dice nada.

Los pueblos latinos son (somos) en exceso verborrágicos. La garrulería poética de Neruda y la dizque elocuencia oratoria de Fidel Castro responden a ese esquema del hablar mucho para no decir nada. Cantinflas, en ese sentido, es más decente: él habla así (o parece hacerlo, según Cinna Lomnitz) como legítima defensa contra la injusticia del idioma reglado, el de quienes mandan y el que quienes guardan pudores vergonzantes. Y así, es en los quiebros del lenguaje donde está el mejor Cantinflas, por ejemplo en la escena de Caballero a la medida cuando describe a la mujer que vio en el Hipódromo «con un vestido de tisú de lamé de un color azul tirando a mango, con un descote hasta la cintura / dejando al descubierto / dos piedrotas de esmeralda montadas en un pendantife que valían por lo menos / como no sé cuánto».

Al respecto me resulta muy esclarecedor lo que me dice mi gran amiga Lillian Levi, desde México, en un español sabroso, con regusto a tortilla y a guacamole:

«El mejor Cantinflas es el de sus primeros tiempos, cuando todavía hacía dúo con Medel y poco después. Desde que le dio por copiar a Chaplin ya valió madres. Como seguramente sabes, también copió El Circo [además de El gran dictador, y a propósito de esta, añade:] A saber quién le habrá escrito el discursito, pero de seguro no fue propio, aunque se lo atribuyen a él. Nunca demostró ser capaz de hilar dos ideas, de allí su peculiar estilo emborucador. Una cosa que pienso de él es que, sin darse cuenta, fue la actualización del Güegüense, o Huehuenche, personaje de los tiempos de la Colonia que constituye una de las primeras obras de teatro de Mesoamérica, y que seguramente conoces. Tiene muchos rasgos en común con él. Es el mestizo que no es reconocido ni por los indios ni por los blancos, no domina el idioma, no tiene sitio social, ni recursos, ni nombre, ni padre, ni oficio, un paria que a fuerza de ingenio y trácalas logra ir escalando, hallando su huequito y su reconocimiento, e igual que el Huehuenche, a fueza de disfrasismos y borucas logra burlarse de medio mundo, en especial de las figuras de autoridad y poder, y salirse con la suya. Alguien debería hacer ese estudio. Lástima que ya se nos murió Monsiváis, hubiera sido el indicado».

Hasta aquí la cita de Lillian Levi, y debo discrepar de ella cuando dice que «el mejor Cantinflas es el de sus primeros tiempos, cuando todavía hacía dúo con Medel y poco después», porque con Medel sólo filmó cuatro películas, que poco o nada tienen que ver con el personaje Cantinflas, e incluso dos de ellas son anteriores al mismo. También discrepo de ella en que sea una pena que Monsivais no haya hecho un estudio sobre el idioma peculiar de Cantinflas, porque sí lo hizo, dentro de su ensayo «Ahí está el detalle»: el habla y el cine de México, sobre el cual no puedo extenderme acá, pero sí quiero citar su espléndida frase inicial: «En su carta a Bill Clinton, Antonio de Nebrija decía que la tecnología “es el arma del imperio”, y creo que Nebrija, una vez más, tenía razón». Y volviendo a mi amiga Lillian, sí creo, en cambio, como ella, que es una lástima que no se haya investigado (por Monsiváis o por quien fuese) esa variante Güegüense de la retórica de Cantinflas.

Ahora bien, sobre el tema de su idioma hablaré luego de explicarles que durante la preparación de esta conferencia he vuelto a ver siete de sus películas: ocho, si cuento en la lista La vuelta al mundo en 80 días, que en rigor no es del personaje Cantinflas. Y las he visto despacio, devolviendo la proyección atrás todas las veces necesarias, y con una creciente sensación de desasosiego, diré más: de decepción. Cada vez me parecía más y más que este humor dejó atrás hace mucho su fecha de caducidad, y que sólo podemos disfrutarlo aún, si acaso, en nombre de los niños que alguna vez fuimos.

Debo añadir que llevé a cabo una contraprueba, revisionando mi edición casi completa de los cortos de Chaplin y los del Gordo y el Flaco, así como varias películas de los hermanos Marx, y en todos los casos quedé sorprendido de que lo único viejo en esos filmes era la evidente fecha en que fueron rodados; porque por lo demás continuaban haciéndome reír a veces a carcajadas, igual que entonces, cuando yo era un muchacho, pero sin necesidad alguna de hacerlo en honor de ese muchacho, sino como el adulto (perdón: el anciano) que soy. ¿Dónde se originaba, pues, esa diferencia tan crasa en la percepción de lo cómico respecto de las películas de cartón piedra que me estaban pareciendo las de Cantinflas?

El problema básico para entender las películas de Cantinflas desde mi perspectiva actual es que me temo que no sean cine, sino fotografía. Fotografía animada y enriquecida por el sonido, pero fotografía. Y la fotografía no sobrevive en el cine sino como fotograma, como carteles, como prospectos. Así, uno de los mejores críticos cinematográficos de América Latina, el mexicano Luis Tovar, con quien consulté varias veces mientras redactaba esta conferencia, y a quien le expuse mi sospecha de que una de las causas del envejecimiento y acartonamiento de las pelis de Cantinflas es estructural, o sea, se debe a lo flojo de los guiones, me contestó lo siguiente:

«Pues sí, la verdad es como lo has apreciado: las de Cantinflas se resienten, estructuralmente, y no poco, debido a que fueron diseñadas para lucimiento de los monólogos muy de cuando en cuando interrumpidos. ¿Recuerdas Así es mi tierra y Ni sangre ni arena? Son dos de las primeras–primeras, y quizá sean las que menos adolecen de lo que invade a las demás. No diría que en–descargo–de, pero sí tengo la impresión de que esa misma debilidad guionística, argumental, aqueja a un número enorme de películas del cine mexicano de la “época de oro”; basta con decir canción–serenata–bravata–gorgorito, en vez de monólogo cantinflesco».

No contento con esta corroboración de mi sospecha, consulté con varias amistades en América Latina, donde sé que los ciclos de películas de Cantinflas son una programación casi tan fija, por lo menos una vez al año, como la transmisión de Dinner For One en los canales de la TV alemana la noche de Año Viejo. Y para mi gran sorpresa me encontré con que Cantinflas era adorado, literalmente adorado, no sólo por gente de mi generación, sino por personas que incluso habían nacido después de que rodase su último film, El barrendero.

Citaré primero a alguien de mi generación. En Un siglo de ausencia, las memorias del periodista Hernando Jiménez, publicadas el pasado marzo en Bogotá, se tipifica al cine «como uno de los elementos definitivos en la formación de un joven latinoamericano (colombiano por más señas, país que encontró en el cine mejicano la base para su formación estética y, de pronto, política)». Y hablando de Sara García, “la abuelita del cine mexicano”, a quien luego verán en el papel de Clotilde Regalado, en ¡Ahí está el detalle!, Hernando Jiménez dice:

«Sara era una protesta humanizada, planteada muchas veces al mismo establecimiento que encarnaba, levantándose contra la injusticia y la caverna, protectora hasta del machismo de sus nietos y defensora de los terrenos femeninos donde reinaban la ternura y la domesticidad. Empuñaba el fusil, o a falta de éste, su bastón, para hacer cumplir sus designios de libertadora. Sara, con una pedagogía salida de la antigua Grecia, me enseñó el respeto que la vida exige para con los viejos, por haberla sobrellevado. No era lo mismo con Cantinflas y sus planteamientos socialistas, logrados a través de la estratagema, el equívoco o la ley de la compensación, quijotesca quimera de justicia. Sus amores secretos por maestras borrosas, sus lágrimas contenidas para no lastimar el orgullo del limitado físico, sus triunfos sobre la adversidad y el abandono, lograban a través del melodrama una apoteosis mucho más catártica que Esquilo, Sófocles y Eurípides».

Hasta aquí la cita de Hernando Jiménez, y ahora quiero citar en extenso el testimonio de una persona muy joven y muy querida:

«La que más he visto (porque es una de las que más presentan) es El barrendero, con María Sorté. ¿Qué tal esa escena en la que una de las chicas lo contrata para que supla a un mesero? ¿Qué tal cuando se le van las copas y empieza a hablar de tú a tú con los empresarios y los banqueros y les cuenta en su idioma impredecible cómo ve él la situación del país, la economía y los negocios? Creo que ese es el tema: que la burla es un lenguaje universal. Que todos queremos ser irreverentes como ese barrendero, o como cualquiera de sus personajes, que se sale de todo protocolo para decir cosas que normalmente incomodan, que son políticamente incorrectas, que no están ni en los manuales de cortesía, ni en los libros de protocolo. Entonces sí tiene que ver con su humor que a mí me fascinara. Me desternillaba de risa viendo sus ocurrencias, ese hablado que decía mucho y no decía nada y uno se reía igual, y que dio origen al “hablar cantinflesco” o “acantinflado”. También tiene películas tristísimas Cantinflas, es decir, películas en las que uno se está riendo mucho y lo encuentra graciosísimo (cruelmente graciosísimo porque pensemos que casi siempre sus personajes eran de un tipo pobre, a mal traer, explotado muchas veces, pero feliz, alegre), pero de repente se vuelve una historia triste hasta las lágrimas, como la del niño que su mamá lo dejó al cuidado de Cantinflas y cuando regresa, vuelta rica y con un globo para “comprarlo”, se lo lleva. Esa historia fue muy triste. Cantinflas cuidándolo, pasando trabajos con él… Y bueno, películas de Cantinflas yo no las recuerdo todas y no me sé casi los títulos, pero El barrendero, esa del niñito, el gendarme desconocido que es muy muy chistosa y también la presentaron mucho, la del bombero, las más viejas, en blanco y negro, en fin… en fin y en fin… fascinación por Cantinflas desde niña por todo: por su gracia en la actuación; por su humor que me era familiar; por su irreverencia y su desparpajo; por su sencillez; por sus bailes; por lo que él significó en mi vida, momentos tan tan alegres, tan felices, que uno no se puede imaginar su vida sin haber visto las películas de Cantinflas, las mejores que se han hecho en Latinoamérica siempre».

Naturalmente se trata de un testimonio sincero sin duda alguna, y por ello muy valioso, a pesar de la evidente exageración que hay en la última frase. Sin embargo lo que más me interesa es resaltar esa incorrección política un tanto quijotesca pero cuyo mensaje, como apuntaba Cinna Lomnitz y ya les dije antes, políticamente no es que sea de derecha, es que le hace el juego a la derecha: seamos decentes y el mundo marchará mejor. Pero por desgracia sabemos de sobra que eso no es así.

Yo me aventuro a pensar, resumiendo, que la razón de que Cantinflas siga teniendo un gran predicamento entre los públicos latinoamericanos se debe en gran parte a la condición humilde de los papeles que desempeñó en el cine y cuya lista les hice al comienzo de esta charla. Y a esa asombrosa síntesis de Don Quijote y Sancho Panza que lograba componer en cada papel, de una manera inequívocamente suya, propia, personalísima. Y desde luego a esa verborragia, también inequívocamente suya, propia, personalísima, ya sea que no la entendamos porque nos quedamos como hipnotizados acústicamente por el flujo de sinsentidos, ya sea que sí se la entienda de un modo subliminal, como protesta contra el lenguaje “educado”. Y puesto que estamos en ello, no quisiera terminar mi conferencia sin aludir al hecho de que el sinsentido tiene una tradición también culta en América Latina, según pude descubrir en el transcurso de la larga y fructífera investigación de materiales sobre Cantinflas, sus películas y su lenguaje.

El nonsense, el sinsentido, tiene tradición incluso culta en América Latina, repito, como bien lo demuestra de una manera irresistiblemente cantinflesca y al mismo tiempo altamente académica, el desopilante poema “La serenata” de José Manuel Marroquín, poeta y presidente de Colombia a comienzos del siglo pasado. No resisto la tentación de leérselo a ustedes, porque es algo así como Cantinflas antes de Cantinflas, uno de sus más excelsos precursores. Dice de este modo :

«Ahora que los ladros perran,
ahora que los cantos gallan,
ahora que albando la toca
las altas suenas campanan;
y que los rebuznos burran,
y que los gorjeos pájaran
y que los silbos serenan
y que los gruños marranan
y que la aurorada rosa
los extensos doros campa,
perlando líquidas viertas
cual yo lágrimo derramas
y friando de tirito
si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos
ventano de tus debajas.
Tú en tanto duerma tranquiles
en tu rega camalada
ingratándote así burla
de las amas del que te ansia.
¡Oh, ventánate a tu asoma!
¡Persiane un poco la abra
y suspire los recibos
que esta pobra exhale alma!
Ven, endecha las escuchas
en que mi exhala se alma
que un milicio de musicas
me flauta con su compaña,
en tinieblo de las medias
de esta madruga oscurada.
Ven y haz miradar tus brillas
a fin de angustiar mis calmas.
Esas tus arcas son cejos
con que flechando disparas.
Cupido peche mi hiero
y ante tus postras me planta.
Tus estrellos son dos ojas,
tus rosos son como labias,
tus perles son como dientas,
tu palme como una talla,
tu cisne como el de un cuello,
un garganto tu alabastra,
tus tornos hechos a brazo,
tu reinar como el de un anda.
Y por eso horo a estas vengas
a rejar junto a tus cantas
¡y a suspirar mis exhalos
ventano de tus debajas!»

Lo dicho: Cantinflas Romeo, debajo del balcón de Julieta, y acompañándose con la mandolina, no lo hubiera cantado mejor.

Muy cerca ya del final, y porque del sinsentido popular de Cantinflas hemos pasado al nonsense culto de un poeta colombiano anterior al actor mexicano, déjenme decirles que durante todo el tiempo de incubación, investigación, documentación escrita y audiovisual, y finalmente escritura de este texto, sentía siempre en el desván de mi disco duro mental un murmullo que no logré identificar hasta los primeros días de mayo. ¡Cantinflas puro, en una escena clave de una obra clave del teatro del siglo XX, nada menos que en Esperando a Godot, de Samuel Beckett!

Al darme cuenta de ello, sin solución de continuidad me lancé sobre el texto de la obra, y allí estaba, el monólogo de Lucky cuando su amo, Pozzo, le grita «¡Ponte en pie! (y Lucky se pone en pie) ¡Atrás! (y Lucky retrocede) ¡Ahí! (y Lucky se detiene) ¡Arre! (y Lucky se vuelve hacia el público) ¡Piensa!» Y entonces Lucky, de cara al público, en un tono monocorde, dice:

«Dada la existencia tal como se desprende de los recientes trabajos públicos de Poinçon y Wattmann de un Dios personal cuacuacuacua de barba blanca cuacua fuera del tiempo del espacio que desde lo alto de su divina apatía su divina atambía su divina afasia nos ama mucho con algunas excepciones no se sabe por qué pero eso llegará y sufre al igual que la divina Miranda con aquellos que están no se sabe por qué pero se tiene tiempo en el tormento en los fuegos cuyos fuegos las llamas a poco que duren todavía un poco y quién puede dudarlo incendiarán al fin las vigas a saber llevarán el infierno a las nubes tan azules por momentos aun hoy y tranquilas tan tranquilas con una tranquilidad que no por ser intermitente es menos bienvenida pero no anticipemos y teniendo en cuenta por otra parte que como consecuencia de las investigaciones inacabadas pero sin embargo coronadas por la Acacacacademia de Antropopopometria sin otra posibilidad de error que la correspondiente a los cálculos humanos ha quedado establecido tablecido tablecido lo que sigue que sigue que sigue a saber pero no anticipemos no se sabe por qué resulta tan claro tan claro que en vista de las laborales inacabadas macabadas resulta contrariamente a la opinión contraria que el hombre en una palabra en fin a pesar de los progresos de la alimentación y de la eliminación de los residuos está adelgazando…»

Esto que acabo de leerles son 238 palabras de las 805 que componen el monólogo de Lucky en Esperando a Godot, y a mi juicio demuestran que si Samuel Beckett no conocía las películas de Cantinflas, tampoco andaba muy lejos de su retórica. Y ahora sólo me queda decirles que esta conferencia, en homenaje a ese metafísico cantinflesco que fue el Lucky de Beckett, se titula “Esperando a Cantinflas”, y eso es lo que seguramente ustedes (pobres mártires, diría Cortázar) están haciendo desde que hace una media hora yo empecé a hacer uso de la palabra. Así es que ahorita, y ¡ahí está el detalle!, se la cedo a don Mario Moreno.

Muchas gracias.




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