Lizardo Díaz: Lagunas de la memoria

En el 2008 empecé a investigar sobre la historia de la música en vivo en la radio colombiana. El destino y la fortuna me llevaron a Los Tolimenses y a buscar desesperadamente una entrevista con aquel hombre que había cantado en las emisoras del país, que inauguró la televisión, y que ya con los años encima aún parecía vivir como su persona Felipe, el inseparable amigo de Emeterio: se trataba de Lizardo Díaz. Hoy me despierta la noticia de su muerte y por esa razón, les comparto este texto que aunque fue escrito hace cuatro años, tiene sus palabras, sus emociones y su voz, que me contó sus experiencias y la gran huella que dejó a la cultura colombiana.

Gracias Lizardo, por la música, por el humor, por el cine, por todo. Aquí está Lagunas de la Memoria

Lizardo Díaz: Lagunas de la memoria
Tathiana Sánchez Nieto / 2008

Lizardo Díaz, por cuarenta años una de las más grandes figuras de la radio, la televisión y el cine colombiano está enfermo y en ocasiones se le olvidan las cosas. Ya no puede bajar ni siquiera al primer piso de su apartamento, donde los ventanales grandes inundan de luz la sala. La enfermedad que lo atormenta, la que guarda su familia como un secreto y que algunos de sus amigos aseguran que afecta su memoria se hace hoy más fuerte. Pero hacerse más viejo o morir no es lo que le preocupa. Parece que lo perturba saber que cuando deje este mundo, todo lo que hizo se quedará en el olvido.

Preguntar por Lizardo Díaz no le dice mucho a la gente. No es lo mismo cuando pregunto por ‘Felipe’. –“A el de Emeterio. El de Los Tolimenses. Ellos sí que hacían reír”, me responden algunas personas que valga aclarar, ya están entradas en los 40 años. Esto no es un secreto para Lizardo, quien siempre explica que él no se llamaba Felipe y Emeterio tampoco era el nombre original de su compañero Jorge Ramírez. –“Nosotros éramos más famosos que Garzón y Collazos y mira, ahora ellos si que son conocidos, en cambio nosotros…”, fueron palabras que quedaron rondando en mi mente.

Esta amnesia colectiva de los colombianos no sólo la percibe Lizardo. “Yo prefiero y de verdad que me gusta mucho que estos homenajes se los hagan en vida a mi papá, porque ya muerto para qué, no sirve de nada”, me dice Patricia Ércole su hija menor, una de las más reconocidas actrices del país a quien no asocian con su padre porque lleva el apellido materno.

El ahora anonimato de Lizardo hizo que fuera toda una hazaña encontrarlo. Sin embargo después de una larga pesquisa, cuando menos me lo esperaba alguien contestó el teléfono. Era la voz temblorosa del hombre que parecía un mito y ahora se volvía realidad. Tuve que repetirle varias veces el motivo de mi llamada, porque a sus oídos ancianos les resultaba difícil escucharme. –“Raquel, es una niña de la Javeriana que quiere entrevistarme”, le escuché decir en su casa. Finalmente, Lizardo dio un sí a mi propuesta de indagar sobre su vida y se concretó la cita. Miércoles, a las tres de la tarde en su casa.

Detrás de un Unicentro, en un apartamento de dos pisos vive Lizardo Díaz. Cuando entro veo a un abuelo que, aunque mira fijamente al frente, en realidad sus ojos verdes parecen ver con detenimiento el esplendor del pasado. Mientras tanto yo contemplo a Felipe el inseparable compañero de Emeterio, con un tiple colgando de su hombro, instrumento que lo acompañó desde sus años de oro y fama, donde los colombianos que apenas sabían qué era la radio o la televisión lo asociaban con el dueto Los Tolimenses. Aunque conocía de las otras facetas de la vida de Lizardo como su pasión por la televisión, la actuación y el cine, en ese momento entendí que la música había sido su motor desde el principio y lo sería hasta el fin.

Con el cuerpo cansado, los movimientos lentos y la voz temblorosa y pausada, reconozco que Lizardo ya no es el mismo Felipe que viajó por Colombia, por América y por el mundo con su música andina, sus coplas y sus inolvidables chistes. El día que lo visité por primera vez su mente estaba lúcida. -Bueno mijita, que quieres que te cuente.

Esas palabras abrieron los recuerdos de su vida, que además narran la historia de lo que fue la radio y la televisión en sus inicios. “Recuerdo que existían los radioteatros. Y en cada emisora había una orquesta, con director y…”. En momentos, la vejez se hace presente y los olvidos llegan. A pesar de esto Lizardo sigue sus historias, sin importar que repita lo que cuenta. “Era muy bueno porque era una época típica donde cada emisora tenía su orquesta de base, con su director de base y artistas que traían de México, de todo lo que era el sur; todo era en vivo.”

El dueto Los Tolimenses fue creado en Medellín en 1951 por Lizardo Díaz Muñoz, conocido como ‘Felipe’, ingeniero huilense que nació en Baraya en 1928, y el tolimense Jorge Ramírez o ‘Emeterio’, quien nació en Ibagué en 1930. Ambos estudiaron música en el Conservatorio de Ibagué, pero no se quedaron con lo que aprendieron allí. Juntos mezclaron la música andina colombiana con humor picante, desafiando de este modo el pudor colombiano de la década de los cincuenta.

Lizardo y Jorge empezaron en la música como competencia de dúos muy reconocidos hoy como Garzón y Collazos. Pero Lizardo me aclara que se convirtieron en Emeterio y Felipe cuando se inauguró la televisión.

Y fue en esa época de rebusque de trabajo, de serenatas y de hacer música y humor por amor al arte, donde Los Tolimenses dieron mucho de qué hablar. En las fiestas decembrinas, el dueto era uno de los más solicitados. “Y luego vino ya la época en que nos juntamos con Emeterio, creo que eso fue por los años… bueno no me acuerdo… ¿Usted no se acuerda?”, le pregunta Lizardo a su amigo Rubelio, quien lo acompaña todos los miércoles en la tarde para tocar juntos.
Tuvo que ser por ahí en el 56…
No…no. Eso fue como en el 52. Esa era la época en la que empezaron a integrarse los tríos y duetos tanto en Medellín como aquí en Bogotá. Después vino la época de las orquestas, que para nosotros era trabajo.

De esta forma, el éxito que alcanzaron Los Tolimenses los llevó también a conquistar la radio. A través de ella llegaron a ser el grupo colombiano de mayor popularidad a nivel nacional e internacional. Ellos tocaban e vivo en las cuatro emisoras que en esa época había en el país –A eso siempre iban artistas, personas famosas de diferentes estilos. Digamos venía Tito Lizar….eh… este que… que era….este que le daba a la coca….no a la coca, en esa época no había coca, era la marihuana, ¿cómo se llamaba?
¿Daniel Santos?, pregunta Rubelio.
Daniel Santos. Al tipo, ¿Cómo era que le decían?
El inquieto anacoero.
Exactamente
El Jefe, también.
El Jefe. Y era una de las figuras que traían. Y entre esa gente íbamos nosotros.

Lizardo no recuerda con exactitud a qué programas iba a presentarse con Emeterio, pero en su mente está claro que la emoción de tocar en vivo la sentía más que nunca cuando interpretaba su música en los teatros de las emisoras. “En la radio había bloques de media hora con sipote orquesta oye. Así empezó la radio digamos a lo vivo. Esos eran los mejores espectáculos porque estábamos cerca del público”

Y llegó el domingo 13 de junio de 1954. A las nueve de la noche, se realizó la primera transmisión de televisión en Colombia. A través del canal 8 en Bogotá y del canal 10 en Manizales, los colombianos pudieron disfrutar de un programa compuesto de música en vivo, dramatizaciones, danzas folklóricas a cargo del ballet Kiril Pikieris y el show central, Estampas Colombianas, un sketch cómico original dirigido por Álvaro Monroy Guzmán e interpretado, por nada más y nada menos que Los Tolimenses.

Lizardo se mece en su silla y me señala una torre de libros que hay sobre la mesa de la sala. Él me asegura que uno de ellos habla sobre la historia de la televisión. De pronto, debajo de textos sobre largometrajes y documentales, encuentro uno azul que lleva como título 50 años de la televisión en Colombia. “Nosotros inauguramos la televisión. Vivíamos en una pensión aquí en la 12 con la quinta, cuando llegó Álvaro Monroy que era director artístico de Nuevo Mundo. El loco muy simpático, muy buena gente, llego y nos abrió la puerta de la pieza y nos dijo:- “párense que los llamaron de Nuevo Mundo para que participen de la inauguración de la televisora nacional”, y yo le dije -“deje de venir a joder, de despertarnos aquí a mamarnos gallo”, – “que párense que los escogieron”. Así fue como Álvaro Monroy Guzmán les dio la noticia. Entre todos los duetos y tríos del país, escogieron a Los Tolimenses para ser el espectáculo central de un día que sería histórico para Colombia.

Emeterio y Felipe se convirtieron entonces en las figuras más pedidas por el público colombiano. Por eso tuvieron programas fijos semanales como Telehipódromo, Los Tolimenses en intermedio, El rancho de Los Tolimenses y La tienda de los Tolimenses. “Cada vez que necesitaban tapar un hueco nos llamaban. –“¡VENGANSE!, que van ahora en un programa de televisión”, nos decían”, afirma Lizardo.

Desde entonces, Jorge Ramírez y Lizardo Díaz recibían cientos de llamadas para viajar a diversos lugares del mundo. Ellos se habían convertido en el rostro de Colombia en el exterior. “Fue así como hicimos… quien sabe, no alcanzo a recordar el número de programas que hicimos en la vida… fueron… bueno, lo que hicimos con Emeterio fueron por lo menos unas… yo digo que cuando me preguntan ‘Y cuántas ciudades hicieron ustedes’, no me pregunten cuántas ciudades sino cuántas no hicieron, porque recorrimos todo, las ciudades de Colombia y de Estados Unidos. Nos faltaron muy poquitas”.

Aunque Emeterio y Felipe ya eran personajes de la televisión, Lizardo nunca dejó su amor por la música. Y esta en agradecimiento lo llevó a ganarse el corazón de Raquel Ércole, la Sofía Loren de Colombia.

Raquel impactó desde que apareció por primera vez en la pantalla. Sin embargo, ella no empezó como actriz. En 1954, debutó como bailarina clásica junto a la compañía de ballet Kiril Pikieris en la inauguración de la televisión. Desde ese momento empezó a cruzarse con Lizardo en los estudios de grabación.

Pero la pequeña de 14 años no conocía a este par de hombres que tenían encantado al público colombiano. “Yo estaba muy jovencita. Yo estudiaba danza y ballet y nunca había escuchado nada de Los Tolimenses, jamás. Y ya cuando llegó la televisión, entré yo como bailarina a hacer unos programas en vivo y en directo. Ellos trabajaban bastante en televisión, me imagino que muchas veces nos cruzamos, pero pues yo era una niña de colegio, entonces qué iba a parar uno bolas a un señor tan mayor, tan grande”, recuerda.

Fue hasta el primer Reinado Internacional del Café en Manizales donde Lizardo y Raquel se conocieron. Lizardo fue invitado junto a una estudiantina andina que había formado en Bogotá para que tocara en la feria. El tolimense recuerda que un día, mientras ensayaba con su agrupación, la Orquesta Sinfónica que también tenía un número “no pudo con el ritmo de lo que iba a hacer el ballet de Kiril donde trabajaba Patricia…”
-“Patricia no…Raquel”, le dice Rubelio corrigiéndolo. Lizardo suelta una carcajada y los ojos se le llenan de lágrimas de risa.
– “Si, si Raquel. En este momento ni pensar en Patricia.”

Después de reírnos por la confusión, Rubelio no puede disimular el interés que le despierta la historia que antes no había escuchado.
– ¿Entonces usted con su agrupación ayudó al conjunto donde trabajaba Raquel a que pudieran presentarse? – Lizardo se ríe con satisfacción y continúa,
– Claro, y jue un éxito el berraco. Nos hicieron repetir 5 veces y a mi me quedó sonando la muchachita. Una noche en la plaza de toros me le acerqué y le dije ‘señorita, la felicito, usted baila muy bien’, y me quedó sonando la idea de montar un ballet con música en vivo.
– Pero honestamente Lizardo, ¿usted estaba más interesado en la agrupación o en la muchachita?
– Yo me jui metiendo me jui metiendo, poco a poco. Yo iba a los ensayos de ella y luego me pateaba todo ese camino llevándola a la casa. Y en un baile en Ibagué le dije que si ella no se casaba conmigo yo me iba de monje. Y resulta que sí me aceptó, y a cuadrar matrimonio.

Y fue así como desde 1957 se formó la familia Díaz Ércole y hoy sigue tan firme y unida como al principio. La Sofía Loren de Colombia y el famoso ‘Felipe’ del dueto Los Tolimenses llevan 51 años de casados, aunque a Lizardo el amor o la edad lo hacen creer que son menos.
Nosotros llevamos 30 años de casados.
No, más. 50 –le corrige Rubelio-
Nuevamente Lizardo no puede contener una gran carcajada cayendo en cuenta de su error, pero a la vez de su vejez. Se ve como le pesa el tiempo.
Ah sí, 50
No ve que hace poco celebraron el aniversario
Si 50
Un amor a toda prueba, verdadero.
Si es eso – agrega Lizardo.

Y es que Lizardo y Raquel debieron afrontar el reto de construir un hogar, de consolidar una familia, mientras estaban inmersos en un mundo de fama, bohemia y poco tiempo. Llegaron así César Augusto, diseñador industrial que vive en Ecuador; Guido, biólogo marino que trabaja en Santa Cruz, Estados Unidos y por último Patricia, bióloga pura que hoy es considerada una de las más importantes actrices colombianas en el mundo. Los tres supieron desde pequeños lo que era el mundo del arte gracias a su padre. “Para mí fue muy grato ir a muchas de las giras porque mi papá siempre nos llevaba. Y a nosotros nos gustaba muchísimo acompañarlo, y a él le gustaba más”, dice la hija menor.

Mientras hablo con ella noto que muy poca gente sabe que es hija de Lizardo Díaz. Ércole, el apellido de su mamá, es al que debe el reconocimiento en su carrera artística. Sin embargo al contrario de lo que se podría pensar, Lizardo no se opuso nunca a la idea. “Cuando yo comencé había también otra actriz de mi edad que se llamaba Patricia Díaz. Y mi papá fue el que me dijo -¿por qué no utilizas el apellido de tu mamá? Es un apellido que nadie lo tiene y es sonoro. De todas formas yo sigo siendo Patricia María Díaz Ércole en mi cédula”

Y así siempre ha sido Lizardo, un hombre comprensivo y amoroso que guarda bajo la figura del ‘macho’ huilense, esa persona cariñosa que es en esencia. Sin embargo Patricia, ‘la niña de sus ojos’, logra quitarle esa mascara de dureza. Lizardo no puede disimular un gesto de ternura cuando mira el oleo que hay en la sala de su casa, un cuadro que él me asegura que es el retrato de Patricia, una mujer de tez blanca, cabello largo y castaño oscuro, con la nariz respingada y un delicado lunar que se sitúa a la derecha de sus labios. “La del cuadro no soy yo, es mi mamá para que veas. Y es hermosísimo porque nos vemos muy parecidas. Y lógico, mi papi divino, yo sigo siendo su niña consentida, entonces por eso me ve a mí”, dice Patricia entre risas. Parece que el corazón le late más fuerte porque son estos momentos los que le confirman el amor de su padre.

Además de su familia, Lizardo se convirtió en un fanático de la imagen tanto del cine como de la televisión. Los libros dedicados a estos dos medios que tiene en cada mesa de su casa lo demuestran. Fue esta obsesión con el arte de las imágenes en movimiento, la que lo llevó a crear Producciones Díaz-Ércole. “La productora fue idea de mi marido porque le encantaba… le encanta el cine. Bueno, sí, le encantaba porque ya poco vamos a cine por su enfermedad. Y el soñaba con hacer documentales y películas”, me cuenta Raquel, quien lo motivó a cumplir sus sueños y a materializar sus locuras.

Y una de ellas fue el documental Amazonas, Infierno y Paraíso de 1980. Patricia no puede evitar emocionarse cuando le hablo de este tema. “Eso fue precioso, nosotros estábamos chiquitos y mis papás siempre nos hicieron amantes de la naturaleza y de los animales. Entonces ese viaje para nosotros y para mi especialmente era como una aventura, la más maravillosa que yo podía tener en la vida. Y lo mejor fue que mi mamá le dio permiso a mi papá de que nos llevara”. Este viaje más que un trabajo fue para Lizardo, Cesar Augusto, Guido y Patricia, un regalo que la vida les daba. “Eso para mí es un recuerdo inolvidable”, agrega Patricia.

Pero el humor de Los Tolimenses no se podía quedar por fuera de la iniciativa audiovisual. La idea de Lizardo de seguir tomando del pelo fue apoyada por el director de cine Jacques Osorio. Este par compusieron lo que fue Amenaza Nuclear. “No es más que una mamadera de gallo, que no podría ser diferente con Los Tolimenses”, me cuenta Jacques entre risas.

Amenaza Nuclear es una parodia de unos agentes secretos pero al estilo de Los Tolimenses. En la realización de la película Emeterio tenía un gran sentido del humor, pero “el que le hacía la segunda era Lizardo porque era el que le contestaba con chispa, el que le hacía las preguntas, el que le sacaba las respuestas, el que ponía en evidencia el doble sentido, y eso era lo que hacía que esos dos funcionaran muy bien”, explica Jacques.

Así se ve el promocional de Amenaza Nuclear
Hablando con Osorio noto que Amenaza Nuclear fue una de sus experiencias más satisfactorias en el área de la ficción. “Es que Lizardo tiene una magia que es propia de todos los que estamos metidos en el cine y es ese espíritu enorme de niño chiquito, entonces todo le fascina”, me cuenta el director a quien trabajar con Lizardo le dejó una huella imborrable, que fue la que lo llenó de emoción el día que le dije el por qué de mi llamada.

Pero la difícil situación por la que atravesó y aún hoy vive el cine en Colombia, llevó a que Producciones Díaz-Ercole dejara de funcionar. “Mi amor eso hace muchos años que se acabó ya, hacer cine aquí en Colombia no paga”, me dice Raquel con un dejo de tristeza.

A pesar de esto el pasado 4 de octubre, en la última versión del Festival de Cine de Bogotá, se le rindió homenaje a la pareja. Ellos lograron con la productora desarrollar en total siete largometrajes y 25 documentales, en tiempos donde no había apoyo para la realización audiovisual nacional. Este aporte convierte a Raquel Ércole y a Lizardo Díaz en personajes que impulsaron la cinematografía nacional para que llegara al punto en el que está hoy, donde ya tenemos hasta premios nacionales de cine. Me pregunto si Lizardo o ella extrañarán hacer cine, pero Raquel seria y con voz fuerte me responde “no, a esta edad nuestra no mi amor. Eso le quita a uno demasiadas energías, le quita a uno mucha vida”, dice.

Y la vida se les fue yendo a Los Tolimenses. Entre la música, el cine y la vida que el arte prometía, Emeterio y Felipe se fueron haciendo viejos. Lizardo se refugió en su familia, y su esposa e hijos le respondieron con el mismo amor que él siempre les había demostrado. No fue lo mismo del lado de Jorge, quien nunca se casó y su adicción al alcohol le desarrolló una cirrosis hepática que lo llevó a la tumba. La muerte de su compañero afectó en gran medida a Lizardo. “Para mi esposo fue muy duro. Imagínate, casi después de cincuenta años de estar juntos…”, me dice Raquel.

Sin embargo, Lizardo siguió su camino artístico, ya no al lado de Jorge sino de Rubelio, con quien toca juiciosamente hace un año todos los miércoles en la tarde. “Uno disfruta de un ensayo, de cantar. Y entonces eso se convierte en una terapia para uno. Inclusive los familiares de Lizardo me comentan que el domingo o el lunes él está preguntando qué día es, porque sabe que los miércoles es una cuestión fija que yo vaya allá a la casa”, afirma Rubelio quien se declara amigo y admirador número uno del tolimense.

Algunas de esas tardes de tiple y guitarra, de música colombiana y de chistes viejos que no pasan de moda, Lizardo saca una libreta. Allí tiene anotadas el número exacto de canciones que grabaron Los Tolimenses: 280 exactamente. También Rubelio me cuenta que a Lizardo, aunque le falle la memoria, nunca podrá borrar a Emeterio de su mente. “Él lo sabe y lo dice a cada rato, como Emeterio no hay dos. Y tiene toda la razón”.

***
-Aló
-¿Raquelita?
-Sí
-Soy Tathiana, la periodista que está escribiendo sobre Lizardo. Él me dijo que esta semana venía a la emisora y nos tocaba un rato.
-Ay mijita yo sé, pero tenemos un grave problema. Eso ya no se va a poder.
– ¿Por qué Raquelita?, ¿qué pasó?
– Hace tres días Lizardo empeoró. Tú sabes que su enfermedad es degenerativa. Cada vez se pone peor. No lo podemos mover. Es más, hoy di la orden de que no lo bajen ni siquiera al comedor.

La noticia me cayó como un baldado de agua fría, como si hubiera sido uno de mis familiares más cercanos el que hubiera empeorado. Yo aún no se qué enfermedad padece Lizardo y, aunque varias veces lo llamé y estaba en el médico, después de verlo tan lúcido y alegre tocando el tiple, no pensé que su salud estuviera tan trastocada.

Entendí en ese momento lo que Jacques me dijo cuando hablamos por primera vez. “Qué bueno que te acuerdes de alguien como Lizardo, injustamente olvidado, debe ser la ‘fatalidad del progreso’, o ese triste mal de los colombianos que es la ingratitud”

Para Patricia es mucho lo que Colombia le debe a Los Tolimenses, pues fueron 40 años donde la música y el humor de este dueto, inundaron de alegría las tardes y noches de los hogares colombianos. Pero aunque a nuestro país le falta apropiarse de su historia, todavía hay personas que aunque no identifican el nombre de Lizardo Díaz, no olvidan quién es ‘Felipe’ el compañero de ‘Emeterio’.

Raquel con orgullo y con fuerte decisión me aclara que la gente no ha olvidado a Lizardo ni a Los Tolimenses. “Tú no te alcanzas a imaginar lo que es la gente, los recuerdos. Dicen ‘mi papá, mi mamá lo oían a usted, mis abuelos’. El hecho de que no estén apareciendo a cada rato en televisión o en la radio no quiere decir que la gente no los ame”.

Ahora entiendo que somos los colombianos los que no debemos dejar que se desvanezca nuestro pasado. Aunque Raquel me aseguró que Lizardo sufre de la nostalgia por lo que fue su juventud, pienso que él tiene miedo. Teme que después de enseñar a sus hijos a agradecer a Colombia todo el amor que les brindó en su época dorada, sea él quien en una de sus lagunas mentales olvide quién fue y a quién debe lo que llegó a ser, el campesino Felipe, el inseparable compañero de Emeterio.

Y Lizardo me repite nuevamente, “pero acuérdate que Emeterio no se llamaba Emeterio ni yo Felipe”.

Tathiana Sánchez Nieto
Periodista Cultural – Locutora y Productora Radial




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