Papa Benedicto XVI renunciará 28 de febrero


El anuncio fue hecho por él mismo, durante un discurso pronunciado en latín este lunes.

El papa Benedicto XVI anunció este lunes que renunciará el 28 de febrero, durante un discurso pronunciado en latín durante un consistorio del Vaticano, informó el portavoz de la Santa Sede. “El Papa anunció que renunciará a su ministerio a las 20H00 (19H00 GMT) del 28 de febrero. Comenzará así un período de ‘sede vacante'”, precisó el padre Federico Lombardi, en un anuncio prácticamente sin precedentes en la iglesia Católica.


EL PAPA QUE HABLA CON LOS GATOS
Por Oscar Dominguez g.

El Espíritu Santo decidió salirse del libreto y datiar al Papa Benedicto XVI en un asunto que nada tiene que ver con la fe o las costumbres: lo inspiró para que se lleve a sus aposentos pontificios a los dos gatos con los que compartía soledad, dieta, y votos de pobreza, castidad y obediencia en su anterior residencia cardenalicia en la plaza Cittá Leonina, cerca del Vaticano. (La autorización no incluyó la opción de que los gatos acompañaran a su amo en su primera visita fuera de Roma, a su país de origen).
Aunque no es artículo de fe, habrá que creer lo que informó a este respecto la “gatúbela” Mónica Cirinna – delegada romana para asuntos gatunos -: después de intensas gestiones de las sociedades protectoras de animales de Roma, la eterna ciudad de los gatos, los pontificios felinos cuyos nombres se desconocen, están viviendo de nuevo con el Pontífice.
De Benedicto XVI ha dicho la mujer que le cocinaba en su anterior austera celda, la alemana Agnes Heindl, que “ama los gatos, los acaricia y los carga en sus brazos. Parece que con él siempre están a gusto”.
El cardenal Tarcisio Bertone, arzobipo de Génova, y ex vecino del cardenal Ratzinger, confirmó la afición gatuna del sucesor de Pedro quien, dice, les habla en un “lenguaje en cierta forma trascendente”. Los vaticanólogos cuentan que cuando les habla en la calle, los enigmáticos y misteriosos felinos se encantan con su verbo y lo siguen en animada procesión. Los alabarderos de la guardia suiza se encargan de regresarlos a sus bases en el Capitolio o el Foro romano.
El Papa tranquilizó a la guardia una vez que llegó en compañía de diez gatos: “No son peligrosos”.
El cardenal Vertoni, en un artículo para la revista “Familia Cristiana”, precisó que el Papa les habla a los gatos en dialecto bávaro. Y que sus interlocutores cuadrúpedos le entienden y entonces arman animadas chácharas como si estuvieran en un baño turco.
“El Papa habla con los gatos porque habla con la libertad”, escribió el español Antonio Burgos quien ve en cada micifús una fotocopia al carbón de la neoyorkina estatua de La Libertad.
La familia bávara del joven Joseph Ratzinger tenía gatos en casa por lo que se sospechó inicialmente que el Papa le endosaría los gatos a su hermano mayor, Georg. La costumbre de tener gatos como mascotas se remonta a 9.500 años antes de Cristo, ha revelado en la revista “Science” el arqueólogo francés Jean-Denis Vigne, del Museo Natural de París. Según las investigaciones divulgadas, los primeros rastros de la amistad hombre-gato se encontraron en Chipre. Antes se creía que fueron los egipcios quienes los domesticaron hace 4.000. No hay tal. Les madrugaron los chipriotas.
No es la primera vez que un Papa vivirá con gatos en sus aposentos. León XIII llevó a vivir por cuenta de las finanzas vaticanas a su gato Micetto quien lo acompañaba en las audiencias. El Papa León escribió su encíclica “Rerum Novarum” mientras Micettto caminaba displiscente y olímpico por la biblioteca de su jefe máximo, o ronroneaba entre los pies del Sumo Pontífice. Con sus dos gatos a bordo, para leer salmos en la oscuridad el Papa Benedicto podrá pedirles prestados sus ojos nictálopes cuando se vaya la luz en el Vaticano.
Los dos papas que han estado en Colombia vivían en la soledad de sus mascotas acompañados: Pablo VI tenía canarios y el fallecido Juan Pablo II compartía celibato con dos palomitas blancas. Así que el Papa Benedicto tiene antecedentes para entronizar sus gatos en el Vaticano, de la misma forma como un papá, Bill Clinton, se hizo acompañar de la complicidad del gato Socks durante su presidencia.
Nada raro tendría que en sus bendiciones “Uribe et orbi” el Papa Benedicto aparezca en los balcones frente a la Plaza de San Pedro flanqueado por uno de sus gatos. O por los dos, para no crearles complejos de inferioridad a ninguno. La caridad entra por los gatos.

LA IMPORTANCIA DE SER GATO

No es para menos la devoción del hombre por los gatos. Hasta el Papa Benedicto sabe bien que el gato es el único ser que vive en vacaciones perpetuas. “Vive en la eternidad del instante”, escribió Borges. (Debe ser por este motivo que el poeta bugueño Harold Alvaro Tenorio bautizó “Borges” a su gato). El gato nace y ya está jubilado. Es el indiscutido rey del “dolce far niente”. Lo llaman para que no haga nada y está durmiendo.
Gato es el otro nombre del silencio. Parecen con silenciador en cada pata. Por dicho motivo, estas alfombras calladas no se sienten. Al gato hay que sospecharlo. No inventaron el anonimato: le dieron estatus. Saben que el gato solo bien se lame, como el buey. Les gusta el bajo perfil, como a San José, el discreto marido único de María.

Cuando irrumpe un ladrón en casa, en vez de “ladrar”, los gatos asumen que el intruso es algún remoto amigo de la familia, o alguien próximo al árbol genealógico, y siguen durmiendo. Lo mismo les da. Nunca le piden papeles al advenedizo. Desde su plácido sueño acompañan al ladrón a que vacíe la casa. Luego se relamen el bigote como si los pillos hubieran sido ellos.

Un gato es doméstico por convención, no por convicción. No marca tarjeta, no acata órdenes. Estas genuflexas prácticas se las deja al arribista perro. En cambio, desde su óptica fosforescente, el hombre es gato para el gato. Lo manipula con un coctel de desprecio y desdén. Es como esa amante exótica que pide mucho y suelta poco. Un gato no da ni la hora de la semana pasada. Convence a su mascota –el bobo sapiens- con las migajas de cariño que deja caer de la mesa de rico Epulón de su vanidad. Escasamente le permite al hombre vivir en su casa (en la del gato). El otro que pague arriendo e impuestos.

Los gatos son la contraria del pueblo. Punto uno: empiezan haciendo el amor y terminan decretando la guerra. Punto dos: hombres y mujeres ven un ratón y se asilan sobre un taburete. La verdadera “petite différence” entre el hombre y la mujer radica en el tiempo que uno y otra tardan en treparse al taburete huyendo del incómodo roedor. Un gato arregla el asunto gastronómicamente: convierte al pusilánime ratón en bisté a caballo.

El gato es el logotipo de la pereza. Este felino no camina: se aburre
sobre cuatro patas, las mismas que necesita para burlarse del mundo.

Del gato escribió Borges: “… más remoto que el Ganges y el poniente, tuya es la soledad, tuyo el secreto”. Y Vinicius de Moraes pontificó: “… nada se parece más al fin de todo que un gato muerto”. Y el gatólogo Baudelaire sostiene que, como las esfinges, los gatos “parecen dormir un sueño sin fin”. Con razón Juan José Botero, escritor antioqueño, proclamó en un poema que si volviera a nacer quisiera ser gato.

LA LENTA MUERTE DE LOS GATOS

En realidad, para los gatos todos los días es martes 13. De allí les
viene la longevidad de sus siete vidas. Un mortal común y corriente ve un martes 13 en su futuro y paga esconderos a peso. El martes 13 es el día de suerte para nuestro “tigre en miniatura”, como lo bautizó el maestro Germán Arciniegas.

Antes de morir del todo, el gato es el único animal que hace un cursillo demorado de seis muertes previas para estar seguro del todo a la hora de ponerse el traje de luces de la eternidad. Los gatos no se condenan ni se salvan. Ni todo lo contrario. Reencarnan en ellos mismos. Mientras van liquidando sus existencias siempre que caen, caen parados, como ciertos políticos que pierden las elecciones pero aterrizan en la nómina.

Imposible ver un gato con estrés. ¿Quién ha visto un personajete de estos en un baño sauna, al borde del infarto, con principios de úlcera o hablando por celular como cualquier ejecutivo blindado?

Gatos hay que en vez de hacer historia hacen pipí sobre ella. No hay gatos callejeros, de rueda suelta. Viven en buena casa, sin pagarles arriendo en fidelidad a sus amos.

Tienen filósofo propio: Jim Davis, el creador de Garfield. Aunque es evidente que es Garfield quien manda sobre Jim, de la misma forma como Mafalda es la “papá” de Quino. Garfield es el gato que muchos quisiéramos ser pero no nos atrevemos. Nos falta ropita y personalidad.

A los gatos no les duele una muela. Se burlan de la urbanidad del venezolano Carreño con su
lavado del gato. Son mimados a morir. Creen que se lo merecen todo. Solo les falta llevar gafas oscuras para esconder su biografía, como hacían las estrellas del cine mudo. Y ahora que están en el papado con Benedicto XVI nadie los va a aguantar.




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