Tras la huella de Barack Obama


Por: Álvaro Corzo V. / Nueva York
Estados Unidos decide si el primer presidente negro en su historia se queda cuatro años
El presidente y sus hijas siguieron por televisión el discurso que Michelle Obama dio en la Convención Demócrata.
Idealista, romántico y carismático. Este es Barack Obama, un líder político de guantes de terciopelo y puños de acero, un acucioso y destacado abogado, maestro, escritor y estadista. Sin embargo, el rol que más disfruta y que mejor desempeña, por encima del de alero en un juego de baloncesto, es el de ser padre. Obsesión por su esposa y sus dos hijas que se prometió desde chico al no haber tenido a sus padres cerca.

Su madre, una joven estudiante de antropología nacida en Kansas, pleno centro del país. Su padre, un atlético y revolucionario estudiante proveniente de Kenia, quien tres años después, los abandonaría a su suerte para regresar a África. Con escasos nueve años, su madre Ann rehace su vida empacando consigo a Barack Jr. a 10.000 millas de distancia: Indonesia. Allí, en medio de un caldo cultural que aún el joven “Barry” como le decían de cariño no entendía, observaría por primera vez la pobreza y la tensión racial.
Obligado a madurar más rápido que cualquiera de sus amigos, “Barry”, ya un preadolescente, se despide de su madre y regresa a Hawai, al lado de su abuela. Al llegar la realidad es otra, el color de su piel lo enfrentaba por primera vez a un gran interrogante, su identidad. En consecuencia, coquetearía con la marihuana, la cocaína y el alcohol durante la secundaria. Sin quedarse anclado en ese momento sigue en solitario su camino.

Esta vez Los Ángeles lo recibe en medio de fuertes tensiones raciales dentro de la comunidad universitaria. Muchos dicen que fue allí, en medio de las protestas en contra del apartheid y la segregación racial, cuando se transformó en Barack, un elocuente estudiante a imagen y semejanza de su padre, que entendía por defecto y condición las tensiones raciales y multiculturales propias de su entorno.

No cabía duda alguna de que ser el mediador y mensajero lo llenaban de adrenalina. Carisma e intenso trabajo que lo hicieron llegar a Nueva York, no sin antes viajar a Kenia para ver por última vez a su padre, un adiós lleno de interrogantes y frustración. Ya en la capital del mundo, y en la constante agitación racial que se vivía en todo el país, Barack descubre su mesiánico don de orador en los salones de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad de Columbia. A pesar del alboroto que causaba la buena estrella que ya lo seguía, el joven de veintitrés años no terminaba de encontrar ese lugar y comunidad que lo enraizara con la identidad de su propia piel. Para muchos, y como él mismo recuerda, era simplemente una “óreo”, una galleta blanco y negro cargada de pura dualidad.

Vuelve y empaca maletas. El destino lo lleva a Chicago, epicentro de “Black America”, cuna de la lucha por los derechos civiles. Zona cero de las distintas facciones del movimiento “negro” en Estados Unidos. Tocando puertas, visitando iglesias y haciendo trabajo comunitario en el deprimido sur de la ciudad, encuentra finalmente su respuesta. El cambio no vendría de arriba sino de la organización de los de abajo.

Esa misión le permitió entregarlo todo por su comunidad, asegurando de paso la llave de su propia identidad y su futuro.
A sus veintisiete años y con este objetivo en mente se endeuda a su propia suerte y se presenta en la Escuela de Leyes de la prestigiosa y exclusiva Universidad de Harvard, diploma que le permitiría, según sus propias palabras, luchar con más dientes por los suyos. De inmediato su figura gana protagonismo. Su preparación, sensibilidad y soberbia elocuencia lo llevan de ser el mejor estudiante de su clase, a convertirse en el primer presidente afroamericano del prestigioso Harvard Law Review, augurio temprano de que su nombre seguiría haciendo historia.

De vuelta a Chicago como profesor de derecho y abogado de oficio conoce a Michelle, madre de sus hijas Sasha y Malia. Aunque no fue fácil para el joven Barack, ya acostumbrado a los retos y misiones casi imposibles, enamorarla. Intentando disuadirlo Michelle le presentó a sus propias amigas sin éxito alguno. Finalmente, y después de mucho escurrirse, la atlética y esbelta abogada, condecorada de Harvard y Princeton, acepta la invitación a una charla que él joven amante del blues y la poesía libertaria daría en el sótano de una iglesia a un grupo de mujeres cabeza de familia.

Verlo de esa forma apasionada convencer a ese grupo de mujeres, como alguna vez fue su madre, del alcance de la voluntad humana y de la importancia del trabajo en comunidad para apoyarse y sacar adelante a la familia, la hizo entender que su éxito e identidad iban de la mano y que el hombre que se lo había hecho entender se había ganado para siempre su corazón, cuenta la propia Michelle en su biografía.

Para Obama sería el nacimiento de su primera hija el momento de zanjar de una vez por todas el mal sabor que le dejó el abandono de su padre. Cuatrocientas tres páginas marcarían en Sueños de mi padre la hoja de ruta de sus infinitos sucesos como cabeza de familia y líder político.

El resto de la historia del primer presidente afroamericano en la historia de los Estados Unidos es muy bien sabida por sui géneris que sea. Que en doce años, un organizador comunitario de una ciudad con la cual no tenía más raíces que sus ideas llegara a la legislatura estatal, luego se convirtiera en el senador joven más influyente del Partido Demócrata, para cuatro años después pasar a ser el líder de su colectividad y mensajero de la esperanza de un país entero, no tiene precedentes en la historia.

No hay duda de que aquel que no haya entendido su victoria en 2008 como un punto de inflexión en la historia de Occidente permanece aún dormido. Su llegada al poder suponía el lento inicio de una era pos racial en Estados Unidos, el momento de cerrar las heridas y, como él lo dijo, tiempo de esperanza. No obstante, cuatro años en la Oficina Oval no dejaron más que un silencio desconcertante. Solo se escuchó el eco sordo del silencio en la lucha de la comunidad afroamericana en contra de las desigualdades del sistema de justicia penal, su endémico desempleo, así como los altos niveles de HIV/sida.

Si de hacer justicia se trata, no cabrían las columnas para señalar en todo lo que Obama ha fallado, como tampoco para saludar en lo que sí ha acertado. Para la parte del país que mañana lo acompañará a las urnas, creer en él y en su inspiradora historia es mantener viva la última esperanza de que existe un camino distinto. Que el liderazgo realmente responde a grandes hombres y mayores ideas y no a perversos intereses e infinitos capitales. Y que ya tiene un lugar en la historia, independientemente de que mañana los estadounidenses le permitan o no quedarse otro período en la Casa Blanca. De llevarse la victoria, habrá que esperar cuatro años más para saber si quedará algo de la dignidad propia de aquel que creyó por última vez en la esperanza y en el futuro.




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