Tres días de agosto que precipitaron el fin del Imperio Soviético


Un grupo de ocho altos funcionarios de la URSS, entre ellos el vicepresidente del Estado, el jefe del KGB, y el ministro de Defensa, puso en marcha un golpe para acabar con la “perestroika”

PILAR BONET – Moscú – 18/08/2011

El intento de golpe de Estado que mantuvo en vilo al mundo durante tres días de agosto de 1991 se desdibuja y mitifica en la memoria de los participantes y testigos de aquellos sucesos que condenaron a muerte a la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), un Estado de 22.400 kilómetros cuadrados desde el Báltico hasta el Pacífico pasando por las montañas del Pamir. Pero aquellos acontecimientos que acabaron con el sistema comunista soviético no son aún historia, porque sus consecuencias se sienten hasta el día de hoy.

El fin de la URSS tuvo aspectos liberadores, pero también dramáticos. La falta de atención oficial por parte del Kremlin a este aniversario, indica que no es un tema del gusto de los dirigentes rusos, concentrados en proyectar imágenes positivas, enérgicas y juveniles de si mismos, inspiradas en los héroes de tiras cómicas y series de aventuras. El hundimiento de la Unión Soviética convirtió a millones de personas en emigrantes, refugiados, desplazados y extranjeros, las separó de sus familias y les obligó a elegir lealtades. En las biografías de los ciudadanos soviéticos, 1991 fue un corte radical, que abrió posibilidades de inmenso enriquecimiento para unos y condenó a otros a la miseria.

La disolución del Estado culminó en el acuerdo firmado el 8 de diciembre de 1991 por los líderes de tres repúblicas eslavas (Ucrania, Bielorrusia y Rusia). Suele decirse que aquella solución radical, negociada en los bosques bielorrusos, evitó un derramamiento de sangre como el de Yugoslavia durante su desintegración. Aún así, miles de personas murieron en conflictos que se gestaban en 1991, como el de Chechenia. En el espacio ex soviético existen aún cuatro territorios problemáticos (El Alto-Karabaj, Transdnistria, Abjazia y Osetia del Sur), que no encuentran formas estables y legítimas de integración en la comunidad internacional.

El 19 de agosto de 1991, un grupo de ocho altos funcionarios de la URSS, entre ellos el vicepresidente del Estado, Guennadi Yanáiev y el jefe del KGB, Vladímir Kriuchkov, el ministro de Defensa, Dmitri Yázov, y el de Interior, Boris Pugo, además de veteranos líderes en la gestión de la industria pesada y militar y de la agricultura, anunciaron que habían constituido un Comité Estatal de Situaciones de Emergencia (GKCHP, en sus siglas rusas) para “evitar el caos”, estabilizar la economía y acabar con la “perestroika”.

Contra el Tratado de la Unión

Un día antes, los golpistas visitaron al presidente de la URSS y secretario general del Partido Comunista de la URSS (PCUS), Mijaíl Gorbachov, que estaba concluyendo su veraneo en una dacha de Forós, en Crimea, y trataron de convencerlo para que les ayudara a restablecer el orden que ellos veían amenazado. Les preocupaba sobre todo el Tratado de la Unión (TU), un documento que Gorbachov, el presidente de Rusia, Borís Yeltsin, y los líderes de varias otras repúblicas soviéticas debían firmar en Moscú el 20 de agosto. Gorbachov esperaba que aquel documento sirviera para renovar la URSS y garantizara la convivencia de los territorios que todavía querían formar parte de un solo Estado.

Es difícil saber si el TU hubiera salvado a la URSS en crisis, pero el jueves en Moscú, el ex presidente de Kirguizia, Askar Akáyev, elogiaba aquel tratado por su “carácter confederativo” que sólo dejaba al centro soviético las competencias de defensa, política exterior y emisión de moneda, transfiriendo el resto a las repúblicas. El TU, trabajosamente negociado, era respaldado por parlamento de la URSS, pero tenía potentes adversarios en los sectores liberales radicales afines a Yeltsin, convencidos de que el documento se quedaba corto, y también entre los sectores tradicionalistas y centralistas del PCUS.

Los altos funcionarios que organizaron el golpe opinaban que la firma del TU suponía la disolución del Estado soviético. Sin lograr convencer a Gorbachov, los “gekachepistas” abandonaron Crimea, dejando al líder de la segunda potencia nuclear del mundo incomunicado a la orilla del mar Negro. El 19, de madrugada, hicieron público su primer comunicado, por el cual el vicepresidente Yanáev tomaba el poder alegando que Gorbachov estaba enfermo. Dirigiéndose al “pueblo soviético”, anunciaron un toque de queda, la suspensión de los partidos que se opusieran a sus directivas y la prohibición de los medios de comunicación excepto ocho diarios leales.

La televisión, aquella mañana, trasmitía el ballet “El Lago de los Cisnes” de Piotr Chaikovski. Kriuchkov había preparado una lista de personajes socialmente activos que debían ser detenidos, pero ni estas instrucciones ni muchas otras del GKCHP se llevaron a cabo de forma consistente. El gran error de los golpistas fue no haber detenido a Yeltsin, quien había sido elegido presidente de Rusia el 12 de julio anterior en las primeras elecciones democráticas en su género que se celebraban en la mayor de las 15 repúblicas soviéticas federadas.

En la directiva del PCUS, la estructura que monopolizaba el poder en la URSS, Yeltsin venía desafiando a Gorbachov desde 1987, cuando criticó duramente en público el ritmo a su juicio lento de la “perestroika”, nombre con el que se conocía el proceso de reformas lanzado por el secretario General. Enérgico y populista, Yeltsin se posicionó como alternativa a Gorbachov en Rusia y su importancia fue creciendo a medida que se acumulaban las dificultades económicas. Gorbachov dijo haberse dado cuenta de la gravedad de los problemas que amenazaban a la URSS en el otoño de 1990, cuando se debatía el presupuesto del Estado. Ninguna república quería contribuir a él y aquella realidad financiera fue para él más elocuente que los disturbios nacionalistas de aquellos años, desde Kazajstán en el 86, al Báltico en el 91.

La reafirmación de Yeltsin

En continua lucha por arrebatarle competencias al centro federal, Yeltsin aprovechó el golpe para afirmarse sobre Gorbachov. En la madrugada del 19 de agosto, el presidente ruso había llegado de Almatí, la capital de la república soviética de Kazajistán, donde Nursultán Nazarbáyev, el máximo dirigente local, lo había retenido para agasajarlo durante unas horas tras el programa oficial. Los primeros políticos rusos y también los primeros carros blindados comenzaron a aparecer en la Casa Blanca, el edificio que entonces era la sede del parlamento ruso, cuando Yeltsin estaba aún en su residencia de Arjángelskoe, en los alrededores de Moscú.

Poco después del medio día, el líder ruso se subió a uno de los carros apostados junto a la sede del Parlamento y leyó el llamamiento a los “ciudadanos de Rusia”. Yeltsin exhortó a la desobediencia civil a los golpistas, exigió el retorno de Gorbachov y la convocatoria de un congreso extraordinario del Congreso de los Diputados Populares de la URSS (el superparlamento soviético).

El ruso se convirtió así en el símbolo de la resistencia al golpe, coordinada desde la Casa Blanca. En el interior de este edificio, los diputados llamaban por teléfono a provincias, les dictaban las disposiciones del presidente ruso y se informaban sobre la situación local. Lejos de Moscú, muchos trataron de ganar tiempo hasta que quedara claro el desenlace de la crisis. En el campo internacional, los dirigentes de Irak, Libia, Yugoslavia y el palestino Yaser Arafat se apresuraron a felicitar a los golpistas, según contaba el jueves Guennadi Búrbulis, que fue secretario de Estado de la Federación Rusa.

En Moscú, grupos de diputados con experiencia o contactos militares iban a dialogar con los tanquistas, que estaban confusos sobre el carácter de su misión junto a la Casa Blanca (defender el edificio o prepararse para atacar), y sondeaban a los mandos en los cuarteles. El jefe de Gobierno soviético, Valentin Pávlov, uno de los golpistas, dijo posteriormente que Borís Yeltsin se había puesto en contacto con el jefe de las tropas de paracaidistas Pável Grachov para solicitarle el envío de tanques a la Casa Blanca. Sin preguntar a su jefe, el ministro de defensa Dmitri Yázov, Grachov envió tropas a Yeltsin, y en aquel contingente, que desapareció después con la misma facilidad con la que había salido a la calle, estaba el general Alexandr Lébed, que se distinguiría después por su expeditiva actitud en la región separatista del Transdniéster, en Moldavia.

Defensa popular del Parlamento

A lo largo del 19 de agosto, en torno a la sede del parlamento se fue concentrando gente, aunque no demasiada, comparado con los grandes mítines que por entonces sacaban a la calle a centenares de miles de personas. A las cinco de la tarde, los golpistas dieron una conferencia de prensa. En ella, las explicaciones y las manos temblorosas de Yanáev hicieron presentir que aquellos hombres no estaban en disposición de acabar con éxito la aventura que habían iniciado.

El 20 de agosto el número de “defensores de la Casa Blanca” había aumentado. Entre la masa de espontáneos reunidos en torno a la sede del parlamento había gentes tan distintas como el guerrillero checheno Shamil Basáiev, el embajador del Reino Unido en la URSS, cosacos, artistas, intelectuales y moscovitas de a pie. Muchos de ellos se integraron después en una organización que se llamó “Zhivoe Kolzó” (El Anillo Vivo).

La noche del 20 al 21 de agosto fue la más dramática de las tres que Yeltsin y sus seguidores pasaron en el parlamento ruso. Los resistentes temían que pudiera producirse un asalto. Entre los seguidores de Yeltsin se habían repartido armas. Algunos diputados, con la carabina al hombro, tomaban posiciones en los tejados de la Casa Blanca. Después de la medianoche, el vicepresidente de Rusia, general Alexandr Rutskoi, un aviador veterano de la guerra de Afganistán, exhortó por los altavoces a defender el edificio, pero poco después, Guennadi Búrbulis, por entonces muy próximo a Yeltsin, utilizó el mismo sistema de megafonía para afirmar la libertad de cada cual de hacer lo que creyera oportuno. Aquella madrugada, una mala maniobra de un tanque junto a una columna de manifestantes acabó con la vida de tres jóvenes en el cruce entre el anillo circular y la avenida Kalinin.

Kriuchkov se había paseado alrededor de la Casa Blanca en un coche con ventanas ahumadas y mantenía conversaciones telefónicas con Búrbulis y los yeltsinistas. Según Víctor Ivánenko, que dirigía el recién formado comité de seguridad del Estado de Rusia, Kriuchkov, considerado el cerebro del golpe, se dio por vencido en la madrugada del 21 de agosto y anunció a los atrincherados que podían dormir tranquilos. El KGB había movilizado al grupo antiterrorista “Alfa”, pero no dio la orden definitiva de asalto, aunque sí hubo órdenes previas de avance, reconocimiento y desarrollo del plan de acción. Como otras instituciones del Estado, el KGB no era por entonces una unidad monolítica.

El rescate de Gorbachov

El 21 de agosto, en un pleno extraordinario del parlamento ruso se designó a una comisión especial dirigida por el vicepresidente Rutskói para ir a buscar a Gorbachov a Crimea. También los golpistas volaron de nuevo hacia allí. En la madrugada del 21 al 22 de agosto Gorbachov y su familia fueron conducidos en avión a la capital. El rostro desmejorado de Raisa, la esposa del presidente, revelaba el sufrimiento pasado. Vino después el gran mitin de la Casa Blanca en la mañana del 22 de agosto, la sensación de hermandad y de incomparable liberación. Por la noche, el rostro colectivo beatífico de los “vencedores” se había transformado en amenazador, cuando una multitud se dirigió a la sede del Comité Central del PCUS intentando romper sus ventanas y siguió después hasta la sede del KGB, en la plaza de la Lubianka, donde por la noche un camión se llevó la estatua de Félix Dzherzhinski, el fundador de los servicios secretos después de que la multitud intentara derribarlo con un lazo.

El 23 de agosto, en un verdadero espectáculo ante el parlamento ruso, Yeltsin puso en evidencia la erosión política irreversible que el golpe había supuesto para Gorbachov y para el PCUS. El analista Serguéi Parjómenko, que seguía los acontecimientos, opina que aquella humillación pública satisfacía los instintos de venganza personales de Yeltsin por las humillaciones que antes le había infligido Gorbachov. Al día siguiente, el líder de la URSS rompía su relación con aquella fuerza política donde había militado toda su vida adulta y renunciaba al cargo de secretario general. Gorbachóv pidió al Comité Central que se autodisolviera. La sede de este organismo en Moscú fue sellada, los periódicos comunistas, prohibidos y los últimos golpista, arrestados. Veinte años después, Gorbachov afirma con rotundidad que nunca, ni siquiera entonces, creyó poder formar un tándem eficaz con Yeltsin.

Las exposiciones fotográficas que se han celebrado este año con motivo del 80 aniversario de ambos líderes, -en el caso de Yeltsin “postmortem”-, reflejaron aquella animadversión. En ambas muestras documentales se ha evitado la imagen del “otro”, como si las biografías de Gorbachov y la de Yeltsin fueran paralelas y ambos no se hubieran encontrado jamás. Al margen de las relaciones personales de ambos líderes, los yeltsinistas de primera hora buscan hoy el contacto con Gorbachov y reconocen los méritos de aquel político al que acusaron de indeciso y lento. Los que no se han convertido en rehenes del dinero y el poder se muestran desilusionados y hasta inquietos por las restricciones a las libertades democráticas impuestas por Vladímir Putin, el actual jefe de gobierno y ex presidente de Rusia. Búrbulis advertía el jueves que Rusia Unida, el partido mayoritario en el parlamento, podía seguir el rumbo del Partido Comunista de la URSS y que el peligro de desintegración de Rusia “existe” y es “más serio de lo que el régimen presupone con ligereza”.

Amnistía para los golpistas

Veinte años después, Búrbulis reconoce que los golpistas de 1991 eran gentes que se guiaban “por sus propias convicciones y el sistema de valores formado a lo largo de su biografía”. “Defendían su visión del mundo y su fe. Aquello era una guerra religiosa”, señalaba. Víctima de aquella conmoción histórica fue el mariscal Serguéi Ajroméiev, el jefe del Estado Mayor, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que se suicidó dejando un amargo mensaje a su familia. Hubo también otros suicidios como el del ministro del Interior, Borís Pugo, y el de varios funcionarios comunistas responsables de las finanzas del partido.

Tras los sucesos de agosto, la Casa Blanca y sus alrededores, fueron bautizados como plaza de Rusia Libre, y durante un tiempo tuvieron un aura mágica. La magia se disipó en 1993, cuando el mismo paisaje fue escenario de una lucha fraticida entre los vencedores de 1991. La orden de Borís Yeltsin de cañonear el parlamento en octubre de 1993 fue un terrible trauma para el Estado que se acababa de liberarse del Imperio. Después, la Casa Blanca, que hoy es sede del gobierno ruso, fue protegida y aislada del exterior con una alta valla de hierro.

En febrero de 1994 fueron amnistiados los golpistas de 1991 y los dirigentes rusos que se habían enfrentado a Yeltsin en 1993, como el ex vicepresidente Rutskói y el ex jefe del Parlamento, Ruslán Jazbulátov. Con el tiempo, quienes se enfrentaron brutalmente entonces han podido comenzar un tímido diálogo. En 2010 representantes de los dos bandos enfrentados en 1993 se reunieron para celebrar el 20 aniversario de la constitución del primer parlamento democrático ruso en 1990. Lo hacían con timidez, con miedo a pronunciar palabras que reabrieran heridas, pero más sabios, más expertos y más tolerantes que hace dos décadas. Los veteranos de 1991 y 1993 se enorgullecían de haber sido elegidos limpia y honradamente en 1990 y sabían que en eso precisamente son superiores a los políticos rusos actuales, criaturas surgidas de elecciones manipuladas o producto de la designación a dedo.

Mijail Gorbachov

El 39% de los rusos califican el golpe de “suceso trágico”

Así lo refleja un sondeo realizado en 130 poblaciones de 45 regiones en Rusia

PILAR BONET | Moscú 19/08/2011

El golpe de Estado de 1991 fue un trágico suceso con fatales consecuencias para el país, que fracasó por la mala preparación de sus protagonistas, según la mayoría de los interpelados en un sondeo efectuado el pasado julio por el Centro Levada en 130 poblaciones de 45 regiones en Rusia.

Con el paso de los años, los rusos han corregido su opinión sobre aquellos acontecimientos y el porcentaje de quienes los califican de “sucesos trágicos” ha pasado de 27% en 1994 a 39% en 2011. Paralelamente, el contingente de quienes los valoraban como un “simple episodio de la lucha por el poder” se ha encogido de 53% a 35%. Solo un 10% considera que el golpe supuso la victoria de la revolución democrática que acabó con el poder del PCUS. El 49% cree que, a partir de ese momento, el país dejó de ir por el buen camino y el 27%, piensa lo contrario. El 42% opina que Boris Yeltsin se aprovechó la confusión para apoderarse del poder y el 27%, que no hizo nada especial y que el poder le cayó en las manos. Solo el 11% cree que Yeltsin intervino con valentía contra los golpistas.

Gorbachov no sale mejor parado: un 11% afirma que participó en la trama golpista, un 43% creen que el presidente de la URSS se desanimó y dejó escapar el poder, mientras el 20% aduce que no pudo hacer nada por estar como rehén en Crimea El golpe fracasó sobre todo por la mala preparación y organización del mismo (28%), además de la división en el Ejército, el ministerio del Interior y KGB (19%) y la resistencia de la población (15%).

En septiembre de 91, en respuesta a la misma encuesta un 57% de los interpelados situaban la resistencia de la población en primer lugar y en segundo, la decidida intervención de los dirigentes rusos (55%). El pasado marzo, un 58% lamentaban la desintegración de la URSS y un 27%, no. En diciembre de 2000, las proporciones en respuesta a la misma pregunta eran de 75% frente a 19%. También en marzo de 20011, un 52% consideraban que la desintegración de la URSS se hubiera podido evitar y un 29%, que era inevitable.

Tres días de agosto que precipitaron el fin del Imperio Soviético

Un grupo de ocho altos funcionarios de la URSS, entre ellos el vicepresidente del Estado, el jefe del KGB, y el ministro de Defensa, puso en marcha un golpe para acabar con la “perestroika”

PILAR BONET – Moscú – 18/08/2011

El intento de golpe de Estado que mantuvo en vilo al mundo durante tres días de agosto de 1991 se desdibuja y mitifica en la memoria de los participantes y testigos de aquellos sucesos que condenaron a muerte a la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), un Estado de 22.400 kilómetros cuadrados desde el Báltico hasta el Pacífico pasando por las montañas del Pamir. Pero aquellos acontecimientos que acabaron con el sistema comunista soviético no son aún historia, porque sus consecuencias se sienten hasta el día de hoy.

El fin de la URSS tuvo aspectos liberadores, pero también dramáticos. La falta de atención oficial por parte del Kremlin a este aniversario, indica que no es un tema del gusto de los dirigentes rusos, concentrados en proyectar imágenes positivas, enérgicas y juveniles de si mismos, inspiradas en los héroes de tiras cómicas y series de aventuras. El hundimiento de la Unión Soviética convirtió a millones de personas en emigrantes, refugiados, desplazados y extranjeros, las separó de sus familias y les obligó a elegir lealtades. En las biografías de los ciudadanos soviéticos, 1991 fue un corte radical, que abrió posibilidades de inmenso enriquecimiento para unos y condenó a otros a la miseria.

La disolución del Estado culminó en el acuerdo firmado el 8 de diciembre de 1991 por los líderes de tres repúblicas eslavas (Ucrania, Bielorrusia y Rusia). Suele decirse que aquella solución radical, negociada en los bosques bielorrusos, evitó un derramamiento de sangre como el de Yugoslavia durante su desintegración. Aún así, miles de personas murieron en conflictos que se gestaban en 1991, como el de Chechenia. En el espacio ex soviético existen aún cuatro territorios problemáticos (El Alto-Karabaj, Transdnistria, Abjazia y Osetia del Sur), que no encuentran formas estables y legítimas de integración en la comunidad internacional.

El 19 de agosto de 1991, un grupo de ocho altos funcionarios de la URSS, entre ellos el vicepresidente del Estado, Guennadi Yanáiev y el jefe del KGB, Vladímir Kriuchkov, el ministro de Defensa, Dmitri Yázov, y el de Interior, Boris Pugo, además de veteranos líderes en la gestión de la industria pesada y militar y de la agricultura, anunciaron que habían constituido un Comité Estatal de Situaciones de Emergencia (GKCHP, en sus siglas rusas) para “evitar el caos”, estabilizar la economía y acabar con la “perestroika”.

Contra el Tratado de la Unión

Un día antes, los golpistas visitaron al presidente de la URSS y secretario general del Partido Comunista de la URSS (PCUS), Mijaíl Gorbachov, que estaba concluyendo su veraneo en una dacha de Forós, en Crimea, y trataron de convencerlo para que les ayudara a restablecer el orden que ellos veían amenazado. Les preocupaba sobre todo el Tratado de la Unión (TU), un documento que Gorbachov, el presidente de Rusia, Borís Yeltsin, y los líderes de varias otras repúblicas soviéticas debían firmar en Moscú el 20 de agosto. Gorbachov esperaba que aquel documento sirviera para renovar la URSS y garantizara la convivencia de los territorios que todavía querían formar parte de un solo Estado.

Es difícil saber si el TU hubiera salvado a la URSS en crisis, pero el jueves en Moscú, el ex presidente de Kirguizia, Askar Akáyev, elogiaba aquel tratado por su “carácter confederativo” que sólo dejaba al centro soviético las competencias de defensa, política exterior y emisión de moneda, transfiriendo el resto a las repúblicas. El TU, trabajosamente negociado, era respaldado por parlamento de la URSS, pero tenía potentes adversarios en los sectores liberales radicales afines a Yeltsin, convencidos de que el documento se quedaba corto, y también entre los sectores tradicionalistas y centralistas del PCUS.

Los altos funcionarios que organizaron el golpe opinaban que la firma del TU suponía la disolución del Estado soviético. Sin lograr convencer a Gorbachov, los “gekachepistas” abandonaron Crimea, dejando al líder de la segunda potencia nuclear del mundo incomunicado a la orilla del mar Negro. El 19, de madrugada, hicieron público su primer comunicado, por el cual el vicepresidente Yanáev tomaba el poder alegando que Gorbachov estaba enfermo. Dirigiéndose al “pueblo soviético”, anunciaron un toque de queda, la suspensión de los partidos que se opusieran a sus directivas y la prohibición de los medios de comunicación excepto ocho diarios leales.

La televisión, aquella mañana, trasmitía el ballet “El Lago de los Cisnes” de Piotr Chaikovski. Kriuchkov había preparado una lista de personajes socialmente activos que debían ser detenidos, pero ni estas instrucciones ni muchas otras del GKCHP se llevaron a cabo de forma consistente. El gran error de los golpistas fue no haber detenido a Yeltsin, quien había sido elegido presidente de Rusia el 12 de julio anterior en las primeras elecciones democráticas en su género que se celebraban en la mayor de las 15 repúblicas soviéticas federadas.

En la directiva del PCUS, la estructura que monopolizaba el poder en la URSS, Yeltsin venía desafiando a Gorbachov desde 1987, cuando criticó duramente en público el ritmo a su juicio lento de la “perestroika”, nombre con el que se conocía el proceso de reformas lanzado por el secretario General. Enérgico y populista, Yeltsin se posicionó como alternativa a Gorbachov en Rusia y su importancia fue creciendo a medida que se acumulaban las dificultades económicas. Gorbachov dijo haberse dado cuenta de la gravedad de los problemas que amenazaban a la URSS en el otoño de 1990, cuando se debatía el presupuesto del Estado. Ninguna república quería contribuir a él y aquella realidad financiera fue para él más elocuente que los disturbios nacionalistas de aquellos años, desde Kazajstán en el 86, al Báltico en el 91.

La reafirmación de Yeltsin

En continua lucha por arrebatarle competencias al centro federal, Yeltsin aprovechó el golpe para afirmarse sobre Gorbachov. En la madrugada del 19 de agosto, el presidente ruso había llegado de Almatí, la capital de la república soviética de Kazajistán, donde Nursultán Nazarbáyev, el máximo dirigente local, lo había retenido para agasajarlo durante unas horas tras el programa oficial. Los primeros políticos rusos y también los primeros carros blindados comenzaron a aparecer en la Casa Blanca, el edificio que entonces era la sede del parlamento ruso, cuando Yeltsin estaba aún en su residencia de Arjángelskoe, en los alrededores de Moscú.

Poco después del medio día, el líder ruso se subió a uno de los carros apostados junto a la sede del Parlamento y leyó el llamamiento a los “ciudadanos de Rusia”. Yeltsin exhortó a la desobediencia civil a los golpistas, exigió el retorno de Gorbachov y la convocatoria de un congreso extraordinario del Congreso de los Diputados Populares de la URSS (el superparlamento soviético).

El ruso se convirtió así en el símbolo de la resistencia al golpe, coordinada desde la Casa Blanca. En el interior de este edificio, los diputados llamaban por teléfono a provincias, les dictaban las disposiciones del presidente ruso y se informaban sobre la situación local. Lejos de Moscú, muchos trataron de ganar tiempo hasta que quedara claro el desenlace de la crisis. En el campo internacional, los dirigentes de Irak, Libia, Yugoslavia y el palestino Yaser Arafat se apresuraron a felicitar a los golpistas, según contaba el jueves Guennadi Búrbulis, que fue secretario de Estado de la Federación Rusa.

En Moscú, grupos de diputados con experiencia o contactos militares iban a dialogar con los tanquistas, que estaban confusos sobre el carácter de su misión junto a la Casa Blanca (defender el edificio o prepararse para atacar), y sondeaban a los mandos en los cuarteles. El jefe de Gobierno soviético, Valentin Pávlov, uno de los golpistas, dijo posteriormente que Borís Yeltsin se había puesto en contacto con el jefe de las tropas de paracaidistas Pável Grachov para solicitarle el envío de tanques a la Casa Blanca. Sin preguntar a su jefe, el ministro de defensa Dmitri Yázov, Grachov envió tropas a Yeltsin, y en aquel contingente, que desapareció después con la misma facilidad con la que había salido a la calle, estaba el general Alexandr Lébed, que se distinguiría después por su expeditiva actitud en la región separatista del Transdniéster, en Moldavia.

Defensa popular del Parlamento

A lo largo del 19 de agosto, en torno a la sede del parlamento se fue concentrando gente, aunque no demasiada, comparado con los grandes mítines que por entonces sacaban a la calle a centenares de miles de personas. A las cinco de la tarde, los golpistas dieron una conferencia de prensa. En ella, las explicaciones y las manos temblorosas de Yanáev hicieron presentir que aquellos hombres no estaban en disposición de acabar con éxito la aventura que habían iniciado.

El 20 de agosto el número de “defensores de la Casa Blanca” había aumentado. Entre la masa de espontáneos reunidos en torno a la sede del parlamento había gentes tan distintas como el guerrillero checheno Shamil Basáiev, el embajador del Reino Unido en la URSS, cosacos, artistas, intelectuales y moscovitas de a pie. Muchos de ellos se integraron después en una organización que se llamó “Zhivoe Kolzó” (El Anillo Vivo).

La noche del 20 al 21 de agosto fue la más dramática de las tres que Yeltsin y sus seguidores pasaron en el parlamento ruso. Los resistentes temían que pudiera producirse un asalto. Entre los seguidores de Yeltsin se habían repartido armas. Algunos diputados, con la carabina al hombro, tomaban posiciones en los tejados de la Casa Blanca. Después de la medianoche, el vicepresidente de Rusia, general Alexandr Rutskoi, un aviador veterano de la guerra de Afganistán, exhortó por los altavoces a defender el edificio, pero poco después, Guennadi Búrbulis, por entonces muy próximo a Yeltsin, utilizó el mismo sistema de megafonía para afirmar la libertad de cada cual de hacer lo que creyera oportuno. Aquella madrugada, una mala maniobra de un tanque junto a una columna de manifestantes acabó con la vida de tres jóvenes en el cruce entre el anillo circular y la avenida Kalinin.

Kriuchkov se había paseado alrededor de la Casa Blanca en un coche con ventanas ahumadas y mantenía conversaciones telefónicas con Búrbulis y los yeltsinistas. Según Víctor Ivánenko, que dirigía el recién formado comité de seguridad del Estado de Rusia, Kriuchkov, considerado el cerebro del golpe, se dio por vencido en la madrugada del 21 de agosto y anunció a los atrincherados que podían dormir tranquilos. El KGB había movilizado al grupo antiterrorista “Alfa”, pero no dio la orden definitiva de asalto, aunque sí hubo órdenes previas de avance, reconocimiento y desarrollo del plan de acción. Como otras instituciones del Estado, el KGB no era por entonces una unidad monolítica.

El rescate de Gorbachov

El 21 de agosto, en un pleno extraordinario del parlamento ruso se designó a una comisión especial dirigida por el vicepresidente Rutskói para ir a buscar a Gorbachov a Crimea. También los golpistas volaron de nuevo hacia allí. En la madrugada del 21 al 22 de agosto Gorbachov y su familia fueron conducidos en avión a la capital. El rostro desmejorado de Raisa, la esposa del presidente, revelaba el sufrimiento pasado. Vino después el gran mitin de la Casa Blanca en la mañana del 22 de agosto, la sensación de hermandad y de incomparable liberación. Por la noche, el rostro colectivo beatífico de los “vencedores” se había transformado en amenazador, cuando una multitud se dirigió a la sede del Comité Central del PCUS intentando romper sus ventanas y siguió después hasta la sede del KGB, en la plaza de la Lubianka, donde por la noche un camión se llevó la estatua de Félix Dzherzhinski, el fundador de los servicios secretos después de que la multitud intentara derribarlo con un lazo.

El 23 de agosto, en un verdadero espectáculo ante el parlamento ruso, Yeltsin puso en evidencia la erosión política irreversible que el golpe había supuesto para Gorbachov y para el PCUS. El analista Serguéi Parjómenko, que seguía los acontecimientos, opina que aquella humillación pública satisfacía los instintos de venganza personales de Yeltsin por las humillaciones que antes le había infligido Gorbachov. Al día siguiente, el líder de la URSS rompía su relación con aquella fuerza política donde había militado toda su vida adulta y renunciaba al cargo de secretario general. Gorbachóv pidió al Comité Central que se autodisolviera. La sede de este organismo en Moscú fue sellada, los periódicos comunistas, prohibidos y los últimos golpista, arrestados. Veinte años después, Gorbachov afirma con rotundidad que nunca, ni siquiera entonces, creyó poder formar un tándem eficaz con Yeltsin.

Las exposiciones fotográficas que se han celebrado este año con motivo del 80 aniversario de ambos líderes, -en el caso de Yeltsin “postmortem”-, reflejaron aquella animadversión. En ambas muestras documentales se ha evitado la imagen del “otro”, como si las biografías de Gorbachov y la de Yeltsin fueran paralelas y ambos no se hubieran encontrado jamás. Al margen de las relaciones personales de ambos líderes, los yeltsinistas de primera hora buscan hoy el contacto con Gorbachov y reconocen los méritos de aquel político al que acusaron de indeciso y lento. Los que no se han convertido en rehenes del dinero y el poder se muestran desilusionados y hasta inquietos por las restricciones a las libertades democráticas impuestas por Vladímir Putin, el actual jefe de gobierno y ex presidente de Rusia. Búrbulis advertía el jueves que Rusia Unida, el partido mayoritario en el parlamento, podía seguir el rumbo del Partido Comunista de la URSS y que el peligro de desintegración de Rusia “existe” y es “más serio de lo que el régimen presupone con ligereza”.

Amnistía para los golpistas

Veinte años después, Búrbulis reconoce que los golpistas de 1991 eran gentes que se guiaban “por sus propias convicciones y el sistema de valores formado a lo largo de su biografía”. “Defendían su visión del mundo y su fe. Aquello era una guerra religiosa”, señalaba. Víctima de aquella conmoción histórica fue el mariscal Serguéi Ajroméiev, el jefe del Estado Mayor, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que se suicidó dejando un amargo mensaje a su familia. Hubo también otros suicidios como el del ministro del Interior, Borís Pugo, y el de varios funcionarios comunistas responsables de las finanzas del partido.

Tras los sucesos de agosto, la Casa Blanca y sus alrededores, fueron bautizados como plaza de Rusia Libre, y durante un tiempo tuvieron un aura mágica. La magia se disipó en 1993, cuando el mismo paisaje fue escenario de una lucha fraticida entre los vencedores de 1991. La orden de Borís Yeltsin de cañonear el parlamento en octubre de 1993 fue un terrible trauma para el Estado que se acababa de liberarse del Imperio. Después, la Casa Blanca, que hoy es sede del gobierno ruso, fue protegida y aislada del exterior con una alta valla de hierro.

En febrero de 1994 fueron amnistiados los golpistas de 1991 y los dirigentes rusos que se habían enfrentado a Yeltsin en 1993, como el ex vicepresidente Rutskói y el ex jefe del Parlamento, Ruslán Jazbulátov. Con el tiempo, quienes se enfrentaron brutalmente entonces han podido comenzar un tímido diálogo. En 2010 representantes de los dos bandos enfrentados en 1993 se reunieron para celebrar el 20 aniversario de la constitución del primer parlamento democrático ruso en 1990. Lo hacían con timidez, con miedo a pronunciar palabras que reabrieran heridas, pero más sabios, más expertos y más tolerantes que hace dos décadas. Los veteranos de 1991 y 1993 se enorgullecían de haber sido elegidos limpia y honradamente en 1990 y sabían que en eso precisamente son superiores a los políticos rusos actuales, criaturas surgidas de elecciones manipuladas o producto de la designación a dedo.

ABC
Internacional / 20 AÑOS DEL INTENTO DE GOLPE CONTRA GORVACHOV
Rusia no ha cerrado su transición política
No hay elecciones democráticas y no se respeta la propiedad privada

RAFAEL M. MAÑUECO / CORRESPONSAL EN MOSCÚ

Día 19/08/2011

Justo hace 20 años daba la vuelta al mundo la noticia de que una junta golpista denominada GKChP (Comité para el Estado de Excepción) había tomado el poder en la Unión Soviética, destituyendo al entonces jefe del Estado, Mijaíl Gorbachov, por «motivos de salud». Quedaba así abortado de raíz el proceso de reformas emprendido seis años antes, la famosa «perestroika» (reconstrucción del sistema socialista). La intentona duró apenas dos días. Gorbachov fue rescatado de su breve encierro en su residencia de descanso de Foros (Crimea), en donde todas esas tensas horas había permanecido retenido e incomunicado en compañía de su familia. Volvió a Moscú, pero no como un héroe, sino como un perdedor. El nuevo héroe indiscutible era el presidente ruso, Borís Yeltsin, el único, junto con varios miles de moscovitas, que osó enfrentarse al GKChP. Aquellos acontecimientos precipitaron la desintegración de la URSS. Gorbachov dimitió el 25 de diciembre de 1991, dejó de existir el Estado soviético y sobre el Kremlin fue arriada la bandera roja e izada la tricolor rusa.

En estos días no habrá ninguna celebración oficial con motivo de este nuevo aniversario. Lo único, tal vez, una ofrenda floral del presidente Dmitri Medvédev a los tres caídos entonces. Lo que sí habrá será recuerdo, sobre todo de las generaciones mayores. Los más jóvenes ni siquiera saben quiénes fueron los doce conspiradores. La efeméride servirá también para que aflore de nuevo la nostalgia. Muchos echan de menos la «estabilidad» de la época soviética, la educación gratis y los artículos de consumo baratos, aunque escasos. El embajador ruso en Madrid, Alexánder Kuznetsov, puntualizaba hace poco en Santander que «los rusos sienten nostalgia, no por el sistema comunista, sino por haber perdido un gran país, la Unión Soviética».

Corroborando las palabras de Kuznetsov, el primer ministro ruso, Vladímir Putin, calificó en una ocasión la desintegración de la URSS de «catástrofe geopolítica mayúscula». Pero la nueva ideología fomentada por Putin durante la pasada década ensalzó también la figura del sanguinario dictador comunista, Josif Stalin, «bajo cuyo mandato se industrializó el país y se logró la victoria» en la II Guerra Mundial contra los nazis. De Putin precisamente partió la iniciativa de restaurar el himno estalinista en la Rusia actual.
«Aspectos positivos del estalinismo»

Evgueni Pasternak, hijo del premio Nóbel de Literatura y autor de la magnífica novela «Doctor Zhivago», Borís Pasternak, lamenta que «se esté haciendo propaganda entre la juventud rusa de los aspectos “positivos” del estalinismo». «Estalinismo y nazismo son alas de la misma fiera».

Según un reciente sondeo del Centro Levada, casi el 50% de los encuestados en Rusia creen que, tras la desintegración de la URSS, las cosas fueron por el camino equivocado. «Había que renovar la URSS, democratizarla, no destruirla», afirma Gorbachov a sus 80 años. Si bien el ex dirigente soviético admite que el régimen comunista en su vertiente totalitaria «era inviable». «Debíamos y podíamos haber hecho una nueva unión de estados soberanos».

Gorbachov asegura que la URSS «fue demolida premeditadamente por los golpistas, pero también por la cúpula rusa», en referencia a Yeltsin. Según su opinión, «aquello se hizo en contra de la voluntad popular». Efectivamente, en el referéndum celebrado el 17 de marzo de 1991, la mayoría de los soviéticos se pronunció a favor de conservar la URSS como «una federación de repúblicas soberanas». Estonia, Letonia, Lituania y Georgia no participaron en la consulta.

Grigori Yavlinski, participante en el grupo de economistas que elaboraron el «programa de los 500 días», rechazado por Gorbachov en 1990 y que preveía una transición rápida hacia una economía de mercado, estima que, 20 años después, «en Rusia sigue sin existir un auténtico derecho de propiedad, no hay elecciones democráticas y la ley se aplica de forma selectiva». Según Yavlinski, creador del partido liberal «Yábloko», «la Rusia de Putin y Medvédev es un régimen autoritario, fuera del control de la sociedad». Pero el experto ruso, Stanislav Belkovski, señala que «Mijaíl Gorbachov no pretendía nada revolucionario. La “perestroika” fue la reacción caótica del régimen al comprender su propia ineficacia y buscaba la forma de cambiar algunas cosas para perpetuarse». Belkovski cree que en la Rusia de hoy se da un fenómeno parecido, al que llama la «perestroika-2, que también podría acabar con el «colapso» general del sistema.

PEDRO CLAVIJO P




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