Un papa de la casa

Por Óscar Domínguez G.
Esta vez no pudimos tener un papa bien de la casa. Mucho me habría gustado instalarles en el disco duro a los 115 cardenales el nombre del canadiense Marc Ouellet. Pero la suerte está echada y eligieron papa a ritmo de tango al argentino Jorge Mario Bergoglio.

Ouellet era mi candidato para el cargo porque desde Pedro, el papa al que Jesús le curó la suegra, no se había dado la opción de un candidato a pontífice que supiera cantar “¡Ay Manizales del alma!”, como lo hizo Nos Ouellet, en entrevista con “Terciopelo” Caballero, de RCN.

Si Caballero lo hubiera acosado, habría admitido que Manizales es una ciudad “construida contra la expresa voluntad de Dios”. Como es de lavar y planchar, el reportero todavía le puede preguntar su opinión sobre lo que decía un humorista brasileño: Si fuera papa vendería todo y me iría.

El papable Ouellet era claramente el delfín o Juan Manuel Santos del dimitente Benedicto XVI. Nos quedamos sin saber si le habría cuidado o no los huevitos de la seguridad teológica. O si habría “juanmanuelsanteado”,es decir, habría hecho todo lo contario. Veremos còmo lo hace el nuevo Messi de los catòlicos.

Ouellet vivió once años en Colombia, algunos en Manizales. Habla español con sonsonete de godito caldense de los que conspiraban en el desaparecido café La Cigarra. Pero usted le puede poner conversa en inglés de Marilyn Monroe, francés de Brigitte Bardot, alemán de Marlene Dietrich, portugués de Sonia Braga, o italiano de Rossana Podestá, mis amores platónicos.

Me convertí en competencia de mi derrotado candidato cuando estudié en el seminario de los agustinos, cerca de Manizales. Mi objetivo era el papado.

Lo digo con cierta pedantería porque Ouellet era uno de los candidatos fuertes a montar gratis en ese rascacielos rodante que es el papamóvil. Bergoglio le ganò “¿por una cabeza…?”

Estoy seguro de que el caldense Germán Cardona, embajador en Ciudad del Vaticano, se gastó la quincena y el trago de la licorera, no para cometer el pecado mortal de sobornar etílicamente a los miembros del colegio cardenalicio, sino en hacer “lobby” para inspirarlos.

Para terminar, voy con el meollo de esta columna: Si Nos Ouellet hubiera sido elegido papa le habría pedido que permitiera a los curas, tener suegra, como Pedro. Un papa que dé semejante paso es capaz de introducir otros cambios que reclaman estos tiempos de goce pagano.

Sé de qué hablo porque padecí los embates de la carne, cuando fui perplejo seminarista que alcanzó a soñar en latín. Descubrí que no poder desfogar la libido, impide desempeñarse creativamente.

Mi recomendación para el nuevo papa es la misma que tenía para el canadiense: si bien León XIII vivía en compañía de un gato que ronroneaba mientras escribía encíclicas, y Benedicto XVI, su Álvaro Uribe, privilegia la compañía felina, nada remplaza el placer de roncar al rincón de apetitosa fémina.

Ahora, la pregunta que me hago es: ¿Alcanzará la quincena de un papa para mantener actualizado el ropero de su mujercita?




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